domingo, 22 de febrero de 2015

Rumbo al Oscar 2015: Boyhood

“Boyhood” es un experimento. Por 12 años continuados, el director norteamericano Richard Linklater grabó el desarrollo de un niño (Elen Coltrane) y su paso de la infancia a la adolescencia. Claro que se trata de un producto documental sino de ficción, por lo que Linklater dotó a la historia de Coltrane de padres ficticios (Patricia Arquette y Ethan Hawke) y una hermana (Lorelei Linklater, hija del director). 


La película es a priori un lienzo del crecimiento del niño protagonista, peor a través de sus ojos podemos ver también el desarrollo de los otros miembros de la familia, lo cual resulta más estimulante. Conforme avanza la cinta, el niño se va haciendo más apático, le cae la adolescencia, y deja la ternura por la sobre emotividad. Lo mismo pasa con su hermana (incluso Lorelei Linklater le pidió a su padre que la saque de la película). Lo más interesante de la película resulta ser la evolución que van sufriendo los padres, Olivia y Mason Sr. 

Es por ello que el corazón de la película radica en el análisis de la paternidad (a pesar que el film se llame “Niñez”). Patricia Arquette compone el personaje más profundo de la película, como una joven que empieza como una madre divorciada y termina, como ella misma lo dice, como una mujer mayor, nuevamente divorciada, y sola ante la partida universitaria de sus hijos. En una película marcadamente naturalista y minimalista, los pocos exabruptos que Linklater concede le pertenecen a Arquette, quien aprovecha bien sus situaciones límites (divorcio, hijos malagradecidos) para prácticamente asegurarse su Oscar. Otro que está muy bien es Ethan Hawke, alter-ego de Linklater, quien con su simpleza y naturalidad hacer creíble el  tránsito de este padre inmaduro a uno con conciencia pero que mantiene bien claro sus opiniones y libertades.

Se ha dicho que la película no cuenta nada porque justamente busca retratar la “vida misma”. Justamente allí radica la principal controversia que causa “Boyhood”. Toda película tiene que contar una historia, un viaje. Y el niño protagonista acaba ya casi adulto en la universidad, pero sin mayor viaje emocional. Tal vez porque resulta difícil para un adolescente poder transmitir todas sus emociones, tal vez porque Coltrane perdió el encanto por lo años, pero nunca llegamos a sentir el impacto de los sucesos en la vida del pequeño. Todo ello al punto que, como mencionamos, son los padres los que terminan robando la película.

Es así que la gran pregunta que suscita la película es ¿qué hubiese pasado si “Boyhood” no se grababa a lo largo de doce años, sino en unos meses con diferentes actores? Eventualmente el “gimmick” de los 12 años termina comiéndose a la historia. Una muy original idea de Linklater que no termina de desarrollar de la manera más óptima. Justamente el cine de este autor norteamericano ha buscado reflejar la vida como es (recordemos la trilogía de “Antes de…”), pero el cine es más que eso. Es justamente aquello por lo cual queremos escapar de la vida. Y no es necesario un conjunto de efectos especiales o de superhéroes. Solo basta un par de personajes y un viaje en el cual los acompañemos. Pero justamente esa esencia del cine es muy difícil de captar en “Boyhood”. Por ello es que la película se queda en un conjunto de situaciones que, naturalmente (todos hemos crecido y madurado), nos emocionan. Pero no nos transportan o no nos ofrecen nada nuevo.


Nota: 16/20

Rumbo al Oscar 2015: The Grand Budapest Hotel

“El Gran Hotel Budapest” (GHB) es la última “rareza” de Wes Anderos, ese director tan particular que puede ser calificados por muchos como “genio” pero por otros como un “simple hipster”. Si bien nunca hemos sido entusiastas del cine de Anderson, esta película es de otro lote: el GHB es su mejor cinta y una de las mejores películas del año pasado.

GHB es muchas películas a la vez: es una comedia hilarante, un cuento de suspenso ejemplar, un retrato de la Europa post primera guerra mundial, una oda a lo antiguo y lo clásico y finalmente es también una película con los “quirks” típicos de Wes Anderson. Todo eso lo hace bien porque, por primera vez en su carrera, el buen Wes se contiene. Y lo que es mejor: pone todas sus habilidades (que indudablemente tiene) mal servicio de la historia. Porque si bien puede discutírsele su talento como guionista (al fin y al cabo los excesos están allí), Wes Anderson ha demostrado ser un director fantástico. Prueba de ello es ese escenón de persecución en el museo del personaje de Willem Dafoe al de Jeff Goldblum. Digno de Hitchcock.

Pero además Anderson ogra personajes entrañable, con los que por fin podamos empatizar. Esto era necesario en una película como esta, cuyo centro narrativo es la huida de dos hombres inocentes por un crimen que no cometieron. Una vez más la referencia a Hitchcock está viva. Y para ello, Anderson se basó en dos grandes actuaciones de un consagrado como Ralph Fiennes, fino y divertidísimo como él solo, y de un joven prometedor actor como Tony Revolori, haciendo del perspicaz Zero. El tradicional cast secundario de Anderson está a la altura, destacando los villanos oscuros que componen Adrien Brody y el mencionado Dafoe.

Haber encontrado el centro emocional de la película es la principal virtud de Anderson. No es tanto la relación de Zero con Agatha (tal vez el único eslabón débil de la película, a pesar de la siempre atrapante Saoirse Ronan), sino la relación de mentor/alumno de Gustave con Zero. A diferencia de “Whiplash”, en GHB la relación es entrañable, entre un hombre refinado pero inmoral (utilizando los deseos sexuales de las viejecillas para el beneficio del hotel) y un joven aprendiz que observa, aprende y termina idolatrando a su formador. GHB es ante todo una película de aventuras, de dos hombres cuyo mayor objetivo es escapar y que encuentran en ese viaje el verdadero sentido no de sus vidas, sino de algo más importante para Gustave: el objetivo de su profesión. GBH es también una oda a los refinados hoteles que parecen ahora mausoleos y de la otrora respetada labor del conserje.


Finalmente, GHB es una maravillosa película en el apartado técnico, algo que siempre ha sido muy cuidado en el cine de Anderson. Por eso no sorprendería ver su victoria en los próximos Oscars en el apartado de mejor vestuario, mejor dirección de arte e incluso mejor maquillaje (irreconocible Tilda Swinton). Es reconfortante ver como en el cine, donde las imágenes son lo principal, un director con la visión de Anderson logra complementar lo que escribe con actuaciones ideales y aspectos artísticos maravillosos. Con el plus que esta vez Anderson logra encontrar un centro emocional en la película y, por fin, contar una historia con protagonistas, objetivos y antagonistas. Anderson se ha graduado, ha madurado, y logra crear una delicia de película. 

Nota: 18/20

sábado, 21 de febrero de 2015

Rumbo al Oscar: "The Theory of Everything"

“The Theory of Everything” narra la relación entre el célebre físico Stephen Hawking y su primera esposa, Jane Wilde. Se trata de una película en principio convencional, pero que logra tener momentos emocionantes que se sostienen sobre todo por el maravilloso trabajo de su pareja protagonista.

Es sin duda una película bastante sentimental, que prefiere tratar el tema de las relaciones y psicología de Hawking sobre sus logros académicos. Y se agradece porque eso muestra el lado más humano de un personaje muy famoso pero que, a pesar de seguir con vida, es considerado más mito que hombre. Dejando de lado las teorías de Hawkins sobre agujeros negros y sus logros, “The Theory of Everything” es una película romántica que como toda buena representante del género narra una historia de chico que conoce a chica y que cruzan múltiples adversidades para estar juntos. El añadido de la historia es la tara que sufre la relación a partir de la enfermedad degenerativa de Hawking y como la historia de amor se va degenerando.


Este punto era importantísimo en la película y está muy bien tratado. Sin necesidad de escenas exageradamente dramáticas o manipuladoras, el tierno lienzo de Hawking y Jane se va derrumbando frente a todos nosotros y todo lo sentimos muy natural. La represión que sufre Jane y la añoranza de Hawking por sentirse queridos se conjugan de manera muy apropiada por el guión de Anthony McCarten y logran emocionarnos (a partir justamente del libro de Jane Wilde “Travelling to Infinity: My Life with Stephen”).

Esto no hubiera sido posible sin la química que muestran en pantalla Eddie Redmayne y Felicity Jones. El primero logra una de las mejores actuaciones del año. Es cierto que la Academia ama las interpretaciones radicales de personajes con alguna tara física/mental (“Forrest Gump”, “Rain Man”, “Una Mente Maravillosa”), pero Redmayne logra no solo copiar cada movimiento o tic de Hawking, sino que siempre dota a su personaje de vida y de una asombrosa capacidad de transmitirnos algo. No es simplemente una simple imitación de Hawking, sino que Redmayne hace que siempre empaticemos con un personaje que, ideas brillantes de lado, siempre estuvo petardeando (directa o indirectamente) una relación en teoría sólida como la que tenía con Jane. Redmayne logra que el físico más mediático de la historia se sienta como un profesor universitario o un esposo más de la Inglaterra de hace un par de años. 

El gran descubrimiento de la película es Felicity Jones, joven actriz británica que aquí consigue el gran rol de despegue de su carrera. Teniendo en cuenta la magnitud e importancia de un personaje como Stephen Hawking, Jones logra impregnar de fuerza al personaje de Jane Wilde, a pesar que, como ella misma dice en una parte de la película, parece una persona que no tuviese mucha fuerza. Jane fue el tronco que hizo que Hawking no tocara los infiernos y Jones sabe transmitir cómo esta mujer fuerte se va derrumbando poco a poco, sin legar tampoco a una escena límite o, como se conoce, “clip de Oscar”.



Gran mérito de todo esto le pertenece al director James Marsh, quien salta a la ficción luego de su premiado documental “Man on Wire”. A lo largo de la película, se siente que Marsh viene desde el campo de los documentales, sobre todo con esas tomas de aspecto rudimentario de la vida más íntima de Hawking. Y esto funciona my bien porque, como emocionarnos anteriormente, la desmitificación del mito y la terrenalización de su vida amoroso (y sexual) es el mayor objetivo de la película.

Justamente al ser tan fuerte la relación entre Hawking y Jane, las otras relaciones que presenta la película flaquean un poco. Ni la relación de Jane con su ahora esposo Jonathan Jones ni el affaire entre Hawking y su segunda esposa Elaine Mason logran impactarnos de la misma manera que los esposo originales. Es más, la película no trabaja lo suficiente como para justificar el interés de Stephen en Elaine y, en menor medida, la de Jane con Jonhatan. Una última crítica que podría hacerse a la película es que es innecesariamente larga, y con un trabaja de mejor edición hubiese quedado más redonda. Pero sin duda se trata de una muy buena película que logra consolidarse gracias al estupendo trabajo de su pareja protagonista y el buen oficio del director Marsh.


Nota: 17/20

viernes, 20 de febrero de 2015

Rumbo al Oscar 2015: Selma

“Selma” narra un extracto de la vida de Martin Luther King, aquel en el cual encabezó una marcha pacífica desde Selma a Montgomery reclamando por el derecho de voto de los afroamericanos. Una película autobiográfica convencional que a pesar de no tomar ciertos riesgos, contiene un poderosísimo mensaje.

La historia de MLK es sin duda una de las más importantes de las luchas cívicas del siglo XX. Y encontrase con este material para una película puede resultar tanto una bendición como una maldición. Por eso el primer mérito lo tiene Ava DuVernay, directora afroamericana que demuestra estar a la altura de los retos. De manera inteligente, escapa de aquellas escenas que serían obligatorias en otra película sobre MLK: el discurso “I have a dream” o su asesinato, por ejemplo. DuVernay coge un punto de la vida de MLK para demostrarnos el complejo camino de este hombre y los múltiples retos que tuvo que afrontar. Pero además DuVernay demuestra tener temple para dirigir, muestra de ello es tal vez la escena más poderosa del film: la confrontación pacífica de King y sus seguidores frente a la Corte de Justica de Selma. 


Pero tal vez el gran soporte de la película es la portentosa actuación de David Oyelowo. El actor británico, que hasta el momento solo había interpretado roles secundarios en películas como “Planeta de los Simios: Revolución” o “El Mayordomo”, sorprende acá creando un personaje a partir de la figura histórica de MLK. Oyelowo logra transmitir esa fuerza que tenía un líder que paradójicamente no proponía la violencia. Sea en momentos de confrontación como su choque con el Presidente Lyndon Johnson o sea en momentos tensos de desesperación como la emboscada en el puente que sufren sus partidarios, Oyelowo sabe transmitir las múltiples emociones que van más allá del mito y que reflejan al hombre.

Pero justamente este último hecho termina por desencantarnos de la película: la historia sugiere que MLK fue también un líder que tomó decisiones polémicas y que incluso podría calificársele como que envió muchas veces al matadero a sus seguidores. La escena del puente es muy gráfica, mostrando un pueblo afroamericano abatido por la brutal policía de Alabama mientras MLK lo veía por televisión. Al fin y al cabo, MLK sabía que muchos de los que protestaban morirían a manos de la policía o de los idiotas racistas. La gran pregunta que la película no se molesta en abordar es si había otra forma de protestar o de lograr la tan ansiada igualdad racial. Son en estos momentos críticos donde podría exigírsele a “Selma” mayor agudeza, pero lamentablemente no la tiene. Su fiel reflejo es “The Imitiation Game”, que también trata de un tema polémico como la represión sufrida por Alan Turing dada su homosexualidad pero decide tocarlo superficialmente. Lo que hizo el guión mostrándonos la intimidad de MLK con su esposa la borró con la otra mano al no explorar las contradicciones de este líder.


Falla también la película cuando se aleja de la figura de MLK. No solo porque Oyelowo llena la pantalla con su poder (y no se entiende como este, junto con Gyllenhaal y Teller, ha sido dejado de lado por los Oscars a favor de Bradley Cooper), sino también porque sus personajes secundarios no están tan desarrollados. Salvo Correta Scott King (la esposa de MLK), ninguno de los personajes están bien planteados, ni sus motivaciones o contradicciones, resultando en apariciones de actores famosos como Cuba Gooding Jr. O Martin Sheen que más parecen cameos. Y los antagonistas que conforman Tim Roth y Tom Wikilson más parecen caricaturas que otra cosa. 

Por ello es que “Selma” se queda como un buen biopic, peor que falta rematar. Es como si estuviera sola frente al arco y el gol sería haber tocado esa dualidad de MLK como líder pacifista / líder que arriesgaba a su gente. Las formas y los objetivos de la protesta serían un tema interesantísimo de abordar, pero al parecer no fue el objetivo de “Selma”, demostrando que aún quedará la chance que otro biopic sobre la gran figura de MLK pueda atreverse a ir más allá. Como punto final mencionar que su otra nominación es justísima: la canción “Glory” personifica cada nota del espíritu de la película.



Nota: 16/20

viernes, 13 de febrero de 2015

Rumbo al Oscar 2015: Whiplash

“Whiplash” (2014) es la película más valiente de todas las nominadas al Oscar. Narra la historia del joven músico Andrew (Miles Teller) y su obsesión agresiva por querer ser el mejor baterista de la historia, objetivo que chocará con la opresión de su voraz profesor Fletcher (JK Simmons). Una historia hasta cierto punto clásica, e incluso oscarizable. Pero esta película tiene la valentía de arrojarse a la piscina y empujar hasta el límite, y para eso es necesario tener una garra pocas veces vista en la pantalla grande.

Y “Whiplash” le debe casi todo a Damiane Chazelle, joven director que grabó primero un corto sobre “Whiplash” y luego la transformó en película. Chazelle es un novato pero demuestra que tiene clara una cosa muy importante en el cine: el ritmo. El cine es como la música y Chazelle se gradúa de gran narrador con “Whiplash”. Sabe cuando emocionarnos, sabe cuando golpearnos, sabe cuando hacernos sudar o cuando hacernos sufrir. “Whiplash” pudo haberse desbordado con cualquier otra persona en la silla del director, por ser muy violenta o por tener momentos muy ñoños, pero Chazelle le transmite la fuerza y contención necesaria en momentos claves. Es un director que sabe poner la cámara, sabe moverla y sabe lucirse, pero teniendo en claro que la dirección siempre debe estar al servicio de la historia y no al revés.


Mérito también de un muy buen guión de Chazelle, que ofrece un retrato directo de sus dos protagonistas. Por un lado, el joven Andrew y su obsesión por ser el mejor, y por el otro, el profesor Fletcher y su mala leche. Pero el guión de Chazelle permite que ambos personajes respiren, y permite así que el espectador pueda entenderlos y ver en ellos algo más que dos caricaturas. Son papeles, en especial el de Fletcher, que fácilmente pudieron caer en la caricatura pero el guión de Chazelle los dibuja como dos seres humanos con sus obsesiones y conflictos que tienen una meta fija y que claramente la misma ha terminado por joder grandes aspectos de su vida.

Claro, estos retratos completos de Andrew y Fletcher no hubieran sido posibles sin dos de las mejores actuaciones de la temporada. Primero un Miles Teller que sorprende. Pocas veces se ha visto un actor joven con tanto poderío animal. Mientras que la mayoría de actores jóvenes presentan retratos introspectivos y suaves, Teller saca el lado más salvaje y lo deja todo en la cancha. Teller se entrega al papel, no solo desde el aspecto más técnico como puede ser aprender a tocar maravillosamente la batería, sino que también ofrece un retrato dolido, muy sentido y que destila la palabra “obsesión” por los poros. Se ve en sus ojos, en sus muecas y en la forma loca con la toca la batería. Sin ánimos de exagerar, Teller nos hizo recordar al De Niro joven, tan implacable como desatado.

Y la gran estrella de la función también resulta ser ese secundario eterno que es JK Simmons. Conocido por sus secundarios en televisión y cine, Simmons tiene su “momento” en “Whiplash”.  Su Fletcher llena la pantalla cada minuto que aparece y se queda grabado en la memoria del espectador incluso días después de haber visto la película. Es cierto, grita, arroja cosas y se enoja, pero todo eso lo hace con el timing preciso. Contrario a su frase de antología “Not my tempo”, Simmons si le encuentra el tempo a su personaje y saber tratar al monstruo que tiene como personaje. Además que se permite tener dos momentos de inflexión, hasta tres diríamos: el relato sobre la muerte de un ex estudiante, el encuentro con Andrew en el bar, pero en especial ese sublime momento en el clímax de la película donde manda al diablo su orgullo porque se da cuenta que ha encontrado lo que tanto quería: al siguiente Buddy Rich. En los ojos de Simmons está su Oscar a Mejor Actor Secundario.

Finalmente, son dos los sellos que harán inmortal a “Whiplash”: una banda sonora memorable (en especial el tema homónimo y el “Caravan”) y una edición sencillamente formidable. Pocas veces se ve una edición tan lúcida que le otorgue un sello tan propio a una película. La edición a cargo de Tom Crooss logra una sinergia con la dirección de Chazelle, dando la impresión que se trata de la obra de un mismo ser viviente. Las idas y vendías de la dirección de Chazelle se mezclan con los cortes perfectos de Cross, combinando el sufrimiento de Andrew y el salvajismo de Fletcher y creando una fuerza magnética de un dúo que destila odio pero que solo provoca empatía con el espectador. Esa unión que nos otorga uno de los finales más alucinantes del cine moderno, con un toque de batería épico y un acompañamiento final de la banda que cierra ese desafiante final de casi veinte minutos. Porque no se deje engañar, “Whiplash” no es solo una película sobre el jazz o la ambición americana, es un thriller y una película de acción. Solo que sin balas. Ahí radica su majestuosidad.


Nota: 19/20

domingo, 8 de febrero de 2015

Rumbo al Oscar 2015: Birdman

Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) es la película de redescubrimiento de Alejandro González Iñárritu. Narra la historia de Riggan Thompson (Michael Keaton), otrora estrella de acción que ahora busca reinventarse produciendo, dirigiendo y protagonizando una obra del prestigioso escritor Raymond Carver. Una historia de egos y aspiraciones que puede ser calificada de muchas formas: maniaca, autobiográfica, fumada, ácida, inquietante pero, sobre todo, catártica.

Esta es una película necesaria. Necesaria para todos nosotros. En primer lugar para su director, Alejandro González Iñárritu (que por una razón ahora va como “Alejandro G. Iñárritu). Era un cineasta que, te guste o no (personalmente me parecía más un manipulador que un director de cine), siempre recibía la crítica de explotador de la tristeza y la debilidad. Se le iba la vena de televisa y componía retratos durísimos pero que llegaban a un extremo que aburría. En Birdman, el director se reivindica. Creo que ahora González Iñárritu ha encontrado un punto perfecto, ha madurado. Y esta vez o hace porque deja de lado su ego (esa palabra mágica para este película) y pone toda su técnica al servicio de la película. La regla de oro: primero la historia, luego los egos. Y qué técnica. González Iñárritu demuestra que domina el lenguaje cinematográfico. Unos movimientos de cámara magistrales en una película que da la sensación (falsa) de ser el conjunto de 3 o 4 planos secuencia. Esa magia que inunda la sala de cine y que calza con la historia “meta” de cine y teatro que el realizador mejicano busca contar. Y sabe que lo importante es balancear las emociones con la historia que cuenta. 


Una historia que cuenta con un guión simplemente genial. A diferencia de otras películas donde todos los personajes se contemplaban tristemente (21 gramos) o simplemente todo se difuminaba entre tantos relatos (Babel), “Birdman” cuenta con una historia base, la de un actor que busca desesperadamente de despegarse de su alter-ego superhéroe a través de un mecanismo de suficiente prestigio como el teatro moderno norteamericano. Riigan-Keaton tiene un objetivo y en su búsqueda implacable se entrelazan historias “reales” (y algo predecibles, como los amoríos tras escenas, peleas con actores, falta de financiamiento) con situaciones mágicas como los “poderes” de Riigan o sus encuentros de pesadilla con el súper héroe Birdman que interpretó hace varios años. Estas situaciones están combinadas con un gran timing y se mezclan perfectamente para definir la psiquis de un personaje riquísimo como Riggan. Un personaje con un conflictos externo (llevar a cabo su gran debut en Broadway) y un conflicto interno (zafarse de Birdman de una vez por todas) que se combinan muy bien para crear una historia que nos mantiene pegados a la butaca por dos horas. 

Demás está decir que se trata de un guión súper ácido y graciosísimo. Diálogos desternillantes que además tienen un trasfondo. Porque una de las grandes virtudes de Birdman es que toca muchos temas y los toca bien. La película critica a los medios, a la prensa, al arte, al cine, al teatro, al showbusiness, a los actores, a todos. Y todas estas críticas son mordaces pero justas, con la longitud exacta para que no se convierta en un panfleto de dos horas contra algún punto en específico. Así es como críticas mortalmente issues como Twitter o la fama: con pincelazos puntuales y no con un derroche de moralina apestosa. El, guión siempre dosifica las cuotas de humo y drama, peor más importante aún, conteniendo los excesos de otras películas que ya eran marca registrada de González Iñárritu. Virtud de dirección, pero también de guión, el principal logro del director mexicano con “Birdman” es que hace suya una película, con su sello, peor que a la vez no parece completamente suya. Se aleja de su figura y se consolida. Se refuerza alejándose del ego, acercándose al excelente director y el buenísimo guionista (con colaboración claro de Giacobone, Dinelaris y Bo, sus coguionistas).

Pero la magnífica dirección de González Iñarritu y el genial guión nos ería nada sin las actuaciones. El gran protagonista de la película es un Michael Keaton que se nota ha dejado la piel en la cancha con su personaje de Riggan Thompson. Es cierto, es una versión de Keaton (afamado actor ochentero por su papel de Batman), pero la garra de Keaton es conmovedora, hasta encontrarte con escenas (en especial las que comparte con Amy Ryan) en las que no puedes disitnguir si estás viendo al personaje o al actor. Sea como sea, Keaton se abrió y se entregó a este proyecto como pocas veces se ha visto, con la dote de comedia necesaria (es un gran comediante al fin y al cabo) y mostrando la carga pesada sobre sus hombres de la fama pasajera. Es uno de los “comebacks” de la historia.


Pero el cast secundario no se queda atrás. Edward Norton es otro que ha hace su regreso con una versión de sí mismo (conocidas son las historias del mal temperamento de Norton y su obsesiva implicancia con sus proyectos), es decir, uno de los mejores actores de su generación. Norton es un monstruo a la hora de transmitir la agresividad contenida de sus personajes y aquí da rienda suelta a su vena más atrofiada como actor para componer a un actor maldito. Emma Stone es otro complemento perfecto para Keaton como su drogadicta hija, demostrando que es una buena actriz con un registro algo histriónico pero muy bien aprovechado por González Iñárritu (cuya dirección de actores es siempre impecable) para este personaje. Complementan muy bien el resto de secundarios, destacando una maravillosa Naomi Watts y un Zach Galifianakis que se aleja de sus papeles de comedia rústica y demuestra tener pastad e actor dramático.

A todo ello hay que sumarle que “Birdman” es una película técnicamente perfecta. Una perfecta fotografía de Emmanuel Lubezki y una banda sonora tan loca como precisa complementan la visión de González Iñárritu y sus coguionistas. Ambos elementos logran una conjunción preciosa en una escena en particular, el “escape” de Riggan del teatro y su entrada desnudo a Time Square. Esa sola escena resume el espíritu de “Birdman”: la alocada aventura de un hombre que quería ser más de lo que era y terminó aceptando su destino. Por ello las mejores escenas de la película son la de la confrontación de Riggan con la pesada crítica de teatro y el “descubrimiento” de Riggan cuando su alter ego le demuestra las destrucciones explosivas de su película, sale un pajarraco robótico y el protagonista se dispone a volar. Tan realista como alocada, esa es “Birdman” en su esencia. Una película alucinante, pero sobre todo, necesaria en épocas de egos y falsas aspiraciones. 


Nota: 19/20

domingo, 1 de febrero de 2015

Rumbo al Oscar 2015: American Sniper

“American Sniper” es la última película del maestro Clint Eastwood. Se trata de la biografía de Chris Kyle, marine americano que es (tristemente) conocido por ser el francotirador más letal del ejército americano, con 160 objetivos (personas al fin y al cabo) asesinados. Esta polémica premisa fue la pieza central de un libro autobiográfico y ahora de esta película que sorprendentemente ha batido records de taquilla y ha recibo el apoyo de la crítica.

Lamentablemente, la película falla por todos lados. Primero, hablemos de sus (de)méritos como película. Simplemente no tiene narrativa, no cuenta nada. La película tiene como absoluto protagonista a Chris Kyle (Bradley Cooper), pero lo que vemos es una sucesión de escenas viendo todo lo que le ocurre: en su casa, en el bar, en el campo de entrenamiento, en Irak, de regreso a casa, etc. De alguna forma, se asemeja a “Nightcrawler”, esa cinta que también narraba las andaduras de un protagonista problemático en un ambiente hostil, pero que al final de la película no iba a ningún lado, no evolucionaba o involucionaba, no tenia viaje. Lo que vemos es una sucesión de escenas predecibles (me maltrata mi padre, me enamoro de la chica pija, soy letal y mato niños, no me adapto a la normalidad) y que no conforman un conjunto sólido. Es una vulgar suma de clips vistos en otras cintas.

El bueno de Bradley Cooper no tiene la culpa y está, como casi siempre, muy bien en su papel (al fin y al cabo Eastwood es uno de los mejores directores de actores de la actualidad). Pero el personaje de Kyle o no es del todo interesante o no está del todo bien escrito. Aquí marcamos un paralelo con esa gran cinta (anti)bélica que es “The Hurt Locker”. El personaje de Jeremy Renner sí tenía un viaje, sí, tenía un propósito y sí tenía características palpables. Tenía un conflicto que nos ponía los pelos de punta (era un desarma-bombas suicida por Dios) y nos hundimos emocionalmente con él cuando volvió al ruedo y empezó otro “día 1”. Además, Bradley estará muy bien, pero no está mejor que Gyllenhaal en la mencionada “Nightcrawler” o Ralph Fiennes en “El gran hotel Budapest”. Eso es robo de Oscares.


Jalando aún más la comparación con “The Hurt Locker”, e incluso con “Zero Dark Thrity”, ambas películas de Katherine Bigelow, se tratande películas con presencia y garra. De ambas recordamos escenas dignas de reels de la historia del cine (la escena con el buen Ralph Fiennes de tiroteo cruzado en “Locker” y la magnífica recreación del ataque final a Osama Bin Laden en “Zero”). En American Sniper no encontramos ni historia ni escenas memorables. Ninguna. Nos vamos de las salas de cine con la sensación de un gran vacío.

Y gran parte de la culpa la tiene el viejo maestro Eastwood. Alejado de sus obras maestras como “Unforgiven” o “Mystic River”, Eastwood parece grabar su más reciente película con pereza o, peor aún, de manera apurada. Escenas poco memorables sin ningún atractivo cinematográfico y dejando en descubierto el ya pobre guión de Jason Hall. Al parecer a Eastwood le va mejor escenas íntimas (que no por ellos menos potentes o violentas) que grandes escenarios, que para eso le deje el puesto a la maestra Bigelow que sí sabe grabar escenas de guerra. No queremos decirle a Clint que se retire, pero que sí quiere mantener su legado en alto se tome en serio esto de dirigir cine. Sino “Gran Torino” seguirá siendo para siempre la película que resonará como “la que debió ser su retirada”.

Finalmente, un comentario sobre el lado político de la película. Es innegable que una cinta que narra las peripecias del francotirador más letal de la guerra de Irak sería una historia polémica. Y la película ha levantado las críticas más férreas de un sector liberal y la defensa cerrada de los sectores más conservadores de Estados Unidos. Y si bien es cierto que se siente cierto tufillo derechón en la cinta (Eatwood no deja de ser, al fin y al cabo, una de las caras más representativas del Hollywood republicano más conservador), esto no resulta lo peor del film. Cuantas pelícuas geniales dejan ver sus intenciones políticas y no por eso ser menos loables. El problema con “Americna Sniper” es que no hace lo que en primer lugar una película debe hacer: contar una historia sólida. No entretiene, no nos sumerge emocionalmente, no contribuye en nada. Se limita a ser una serie de clichés estadounidenses (ahí que resulte algunas veces risible, ni hablar del famoso bebé falso-muñeco que usaron para una escena) que evidentemente es una tentación irresistible para los detractores del militarismo más acérrimo. La película resulta ser simplemente un casquete vacío en la amplia gama de municiones que nos ofrece el viejo Clint. Toca reivindicarte, maestro.


Nota: 10/20

viernes, 30 de enero de 2015

Rumbo al Oscar 2015: The Imitation Game

The Imitation Game sería, en cualquier otro año, la gran favorita para llevarse el Oscar a Mejor Película. Se trata del biopic de Alan Turing, matemático inglés que jugó un papel importante en terminar con la segunda guerra mundial a través de la ardua tarea de descifrar un código alemán conocido como “Enigma”. Un drama ambientado en la guerra. Con un cast de estrellas británicas. Con un personaje trágico: genio incomprendido, antisocial a ultranza, y homosexual si habría que aumentar algo. Pero no, esta película decepciona.

Siguiendo la fórmula de otros “biopics que aspiran al Oscar”, como “Una Mente Maravillosa”, The Imitation Game usa la plantilla de los dramas de genios antisociales que lucharon contra el sistema y finalmente logran su objetivo. Aunque esta película trata de romper un poco con la fórmula alternando tres líneas temporales: los esfuerzos de Turing y su equipo para romper Enigma, su relación de niños con Christopher y su investigación y castigo final. Y si bien se agradece la intención, finalmente todo el peso dramático termina cayendo en la lineal y predecible búsqueda de Turing por romper con el código Nazi. 

Como si de un molde de biopics se tratase, la búsqueda por romper el código termina por aburrirnos, mostrando cosas que ya hemos visto en otras películas (el grupo que no se lleva bien, luego el incomprendido genio que hace las paces, la presión de los jefotes malos, el descubrimiento de la fórmula en el bar-guiño a “Una Mente Brillante”, por Dios-etc.). Ni el básico guión ni la estándar dirección de un inexplicablemente nominado al Oscar Morten Tyldum (increíble que se dejara fuera del Oscar trabajos infinitamente superiores como el de Fincher en “Gone Girl” o Damien Chazelle en “Whiplash”) pueden levantar la película.
Tal vez la principal crítica al tratamiento de la película, responsabilidad entera de los guionistas, Tyldum y el mega productor Harvey Weinstein, es haber gastado tantos minutos en la historia del Enigma. Es cierto, es lo que le da el título a la película, pero ni de lejos es lo más interesante de la historia de este personajazo que es Alan Turing. Tanto su homosexualidad reprimida (y castigada penalmente en Inglaterra hasta 1967) como su infeliz calvario luego de su sentencia por indecencia terminan siendo storylines súper interesantes que le film se molesta en tocar en apenas cinco minutos e incluso, lo que es de vergüenza ajena, en textos antes de los créditos finales. En ese sentido, siendo Turing un personaje de tantos matices, The Imitation Game se queda en la superficialidad y no explora más allá de la figura de Turing como héroe trágico. Una oportunidad desaprovechada.

Lo único que levanta la película, además de la correctísima edición y la buena banda sonora de Alexander Desplant, es el maravillosos cast de actores. A pesar de las debilidades del guión, Bennedict Cumberbatch le saca el jugo al personaje de Alan Turing. Es cierto que en ocasiones parece una desviación de su célebre Sherlock Holmes (e incluso de Sheldon Cooper a veces), pero Cumberbatch logra en un par de escenas cambiar el chip. Keira Knightley se deja de Piratas del Caribe y demás tonterías para componer un personaje de verdad como no lo hacía desde “Expiación”, demostrando que ha nacido para interpretar estos roles de época, trascendiendo el papel de “mujer del protagonista”, dotando a Joan Clarke de sus propios objetivos y dramas. 

Sin llegar a ser una mala película, lo que más genera The Imtiaiton Game en el espectador es decepción. Teniendo un gran personaje y un potente conflicto, termina decantándose por la historia predecible sin llegar a  profundizar en la real naturaleza del protagonista. Además, seamos honestos, si le quitáramos a Cumberbatch a esta película tal vez el efecto arrastre y stardom (Cumberbitches) habría relegado a la película de Morten Tyldum a ser un simple biopic más. Mejor leíamos el libro.

Nota: 15/20

martes, 21 de octubre de 2014

El Elefante Desaparecido: cine negro (del bueno) hecho en casa

¿Cuál es el límite entre ficción y realidad? Todos los que nos hemos aventurado a escribir ficción (con o sin mayor éxito, aunque esto es relativo) sabemos que siempre hay algo de nosotros en las piezas de ficción que creamos. Ya sean historias que se desarrollan en la primera guerra mundial o en una galaxia muy, muy lejana, nuestras ficciones arrastran parte de nuestras vivencias, sueños y frustraciones. Arrastran lo mejor y lo peor de cada uno.

De esto trata, al fin y al cabo, "El Elefante Desaparecido" (EED), segundo largometraje del otrora prometedor director peruano Javier Fuentes-León que, con EED se afianza como uno de los directores más importantes del medio. EED narra la historia de Edo Celeste (Salvador del Solar), policía convertido en novelista que ha sufrido la pérdida de su novia (Vanessa Saba) y que no sabe cómo sobrellevar dicha pérdida si no es escribiendo las aventuras de su personaje cúspide, Felipe Aranda. Cuando un inquietante actor (Lucho Cáceres) que interpreta a Aranda en una muestra fotográfica y una misteriosa mujer (Angie Cepeda) comiencen a perturbar a Celeste con sus preguntas e indagaciones, el propio novelista se preguntará si la desaparición de su novia tiene más aristas por investigar. Ante esta entrampada historia, la película se desarrolla como un clásico policial, con misterio y persecución incluida, que acumula todos los elementos necesarios del buen cine negro.
El cine negro es uno de los géneros más fascinantes del cine. Guarda muchos de los que ahora podrían considerarse clichés del cine: la mujer fatal, el protagonista desorientado, el villano encantador, los secundarios viscosos, el misterio que decepciona, etc. Así, Fuentes-León aprovecha bien estos arquetipos y construye a partir de allí su historia. Y esta es la principal virtud de EED: condensar con acierto el lado narrativo y de personajes del cine negro con una estética muy propia de este género. Es precisamente a nivel técnico que la película aumenta puntos. La fotografía del colombiano Mauricio Vidal es sencillamente genial, sobre todo en esos momentos claroscuros en el que el protagonista decide cruzar la línea entre la sospecha y la verdad. 

Este es un punto aparte para el cine peruano. Podrá tener muchas críticas esta película, pero no a nivel estético. Visualmente la película es deliciosa, al punto que muchos la han calificado como que "no parece peruana". Al ver los créditos de EED podemos apreciar que es una coproducción peruana-colombiana y que cuenta con muchos auspicios de empresas privados. No por nada detrás de ella está Tondero, producción conocida por éxitos comerciales como "Asu Madre" o "A los 40". Resulta loable que la industria peruana vaya encontrando identidad y no descuide los valores cinematográficos prefiriendo solamente los comerciales. Para ello debe dar dinero y debe confiar en el equipo técnico. Fuentes -León es el principal responsable de ello.

La cinematografía peruana no suele ser de "directores". Es más de "actores", de "guiones" (pocas de ellas) y sobre todo de "atmósferas". Lombardi es tal vez el mejor director peruano, pero pertenece a esa hornada de directores "clásicos", que no les gusta (a buena hora, a veces) resaltar más que el guión o la historia. Pero en EED, Fuentes-León logra destacarse como un director no solo con oficio, sino con recursos. Es una dirección precisa para este tipo de historia y que dosifica bien el uso de recursos con la calma de los clásicos. Justamente resulta ideal para el cine negro, género tan clásico como revolucionario. Finalmente, es gratificante que se trate de un autor que va encontrando elementos comunes a lo largo de su cinematografía: el más obvio de estos recursos es el mar, escenario de su primer largo (Contracorriente), pero en especial resulta curioso su obsesión por los reflejos (espejos, mar) y la identidad (homosexualidad en "Contracorriente" y autor/personaje en EED).
Pero así como se necesita de una atmósfera adecuada y un director hábil, el cine negro requiere de actores con carácter y con rostros. Caras como las de Bogart o Cagney marcaron a este género, y era necesario encontrar los intérpretes ideales. Empecemos con los secundarios, tan o incluso más importantes para este género. Lucho Cáceres demuestra ser el actor más natural del Perú (con el perdón del Master class del "Método" que nos ofrecen Vega, Torres Vilar o Iza) y con ese porte animal del mejor Robert Michum compone un villano tan atrapante que el giro final nos choca aún más. Andrés Parra (recordado "Patrón del Mal") tiene la viscosidad de los sombríos gordos que componía Sydney Greenstreet, mientras que Vanesa Saba y Angie Cepeda componen dos lados de esa misma moneda que es la fantasmal obsesión amorosa de Celeste (Saba con mayor oficio y presencia que la colombiana). Toño Vega, Carlos Carlín y en especial Tatiana Astengo demuestran los buenísimos actores que son con papeles cortos pero que cumplen con su cometido en las desventuras de Celeste. Finalmente Salvador del Solar no será Bogart, pero ofrece los matices románticos y hasta desoladores suficientes a un personaje que era clave para que nosotros, los espectadores, nos mantengamos enganchados a nivel emocional con el misterio de la película.

Finalmente el giro final es el que más debate ha generado. Particularmente creemos que ese final calza con el misterio y la nebulosa presentada en toda la película. Vamos, existen películas de Lynch (con quien tantos paralelos se han trazado, aunque nos parece que existen más semejanzas con Fincher) con mayores agujeros argumentales (de los que no se salva tampoco el EED) y con finales más decepcionantes (pero allí nadie denuncia nada). El giro, spoiler, en el que Celeste es Aranda y "Aranda" es el autor resulta contundente y le añade una capa más a una película que si bien era un film noir muy bueno exclamaba a gritos poder trascender. Estaba escrito, en las pequeñas pistas que dejaba Fuentes-León y en el propio backstory del personaje de Celeste. Por ello es que en una cinematografía que peca a veces de simplona, resulta fascinante que una película peruana se atreva a más y quiera trascender. Y lo más importante, sin artificios ni pretensiones, sino con una película que, en primer lugar, entretiene, es eficaz y la mejor muestra que en este país se puede hacer cine de género de mucha, muchísima calidad.

Nota: 18/20
 

lunes, 6 de octubre de 2014

Gone Girl (Perdida)

Comenzamos con "Gone Girl" (Perdida en Latinoamérica) el repaso por las posibles contendoras a mejor película en los Oscar del 2015. La Nueva película de David Fincher está basada en una novela de Gillian Flynn y cuenta la historia de Nick Dunne (Ben Affleck), escritor en horas bajas que ve cómo su mundo se pone de cabeza cuando su casi perfecta esposa (Rosamaud Pike) desaparece misteriosamente. Allí arranca una historia que tiene los ingredientes preferidos del cine de Fincher: la documentación del alma humana en corrupción y un examen de cómo el sistema termina por oprimir las relaciones humanas.


La historia tiene todos los ingredientes del thriller: desde las interrogantes que constantemente va planteando en el espectador hasta la aparición de personajes arquetipos del cine más noir de Hollywood como la femme fatale o los creepys ex amantes. Y debemos agradecer en primer lugar a Fincher y su excelente mano para narrar historias. Las películas de Fincher tratan temas diversos, y pueden resultar más o menos entretenidas, más o menos completas, pero siempre son entretenidas. Estamos ante un narrador impecable, un tipo que tiene el ojo para poner la cámara y el tempo para marcar el ritmo que él quiere imponer. "Gone Girl" tiene un metraje de dos horas y media, pero ni se siente. No hay nadie hoy por hoy como Fincher para dirigir historias de grandes investigaciones (sea de un asesino en serie o del verdadero creador de una red social) con resultados apabullantes a nivel social pero, sobre todo, a nivel personal. Además Fincher debe estar en el top five de directores para crear atmósferas de los últimos tiempos: a las ya clásicas escenas de persecución por los lluviosos barrios de "Seven" o el Gyllenhall en el sótano de "Zodiac" podemos sumar la iluminada pero tenebrosa "casa perfecta" de Desi Collings (Neil Patrick Harris). Notable trabajo también en la fotografía de Jeff Cronenweth, usual aliado de Fincher.

La virtud en la narración de la película también se la debemos al guión de la propia Flyyn, quien salta a la pantalla grande adaptando su propia novela y con resultados más que óptimos (algo no tan fácil como suena). Pero también es el guión el que presenta las pocas críticas que le podemos hacer a la cinta. Y es que el final se siente muy estirado, alargado, a tal punto que todo lo que se nos cuenta en los últimos quince minutos resulta consecuente, obvio, y pudo ser abreviado. Así también encontramos algunos agujeros en el guión (sobre todo en el Plan B de Amy, desde que se encuentra con Desi hasta su reaparición) y algunas situaciones que podrían sonar trilladas y hasta exageradas. Entendemos que "Gone Girl" no sólo es un thriller, sino también una crítica a la "mass media" y a las falsas alarmas que encienden los micrófonos, pero la cinta peca a veces de caer en algunos lugares comunes y situaciones obvias. Tal vez una segunda revisión del guión le hubiese permitido a Flynn contenerse un poco más, pero claro, esto cae en el wishful thinking. En el análisis general, el guión de "Gone Girl" presenta más aciertos que desaciertos.

Pero tal vez el gran acierto de la película, y de Fincher, es el maravilloso casting de "Gone Girl". Una gran película como "Gone Girl" puede darse el lujo de decir que tiene un cast casi perfecto con actores desconocidos o que sencillamente no habían tenido la gran carrera en Hollywood. Aquí un párrafo aparte para Ben Affleck. Si bien es cierto que en los últimos años ha reivindicado su carrera como director, en especial con "Argo", Affleck siempre ha sido considerado un pésimo actor (vean el "affaire Batman" que es más famoso por su supuestamente inmerecido Oscar a Mejor Guión (se dice que Matt Damon escribió todo mientras Affleck fumaba hierba) y su publicitada relación con Jennifer López. Y en realidad Affleck no es un gran actor, tal vez ni siquiera sea uno bueno. Pero como dicen, no hay actor malo, solo hay malos castings (que lo diga Adam Sandler y su más que decente actuación en "Punch Drunk Love" del genio Paul Thomas Anderson). En esta película, vemos en cada aparición suya por qué Fincher escogió a Affleck como su protagonista. El Nick Dunne de Affleck es un tipo sobrado, que cree que merece más de lo que tiene, insatisfecho, incomprendido, resentido, víctima. En una línea hemos pasado a describir las múltiples facetas de un personaje complejo, al cual Affleck encarna de manera maravillosa. Basta ver esa escena en que finge una sonrisa para complacer a la prensa. Eso es cine: transmitir tanto con tan solo un segundo de metraje. 


Pero la real sorpresa del film es Rosamund Pike, actriz británica que hasta el momento no encontraba el rol adecuado. Y es que en "Gone Girl" ella es la estrella. Pike compone un personaje complejo, de mil caras, que pasa de ser la chica perfecta con la que todos se quieren casar a ser una verdadera hija de puta. Lo de Pike es de antología, encantadora como la novia ideal, gélida como la esposa insatisfecha, feroz como la manipuladora implacable que es. Tomando cosas de la más dulce Hepburn y la más perversa Stanwyck, Pike apunta alto con el rol que, esperemos, signifique su trampolín a una carrera más que destacada. 

El resto del cast es genial. Otro criticado por la crítica como el comediante Tyler Perry compone un ideal abogado que, a pesar de tener su historial, se ve sorprendido por los matices del caso de la desaparición de la Amazing Amy. Neil Patrick Harris compone una versión un poco más psycho de su Barney Stinson en How I Met Your Mother, saliendo airoso en su salto al cine. Pero son las secundarias femeninas las que le otorgan garra a la película. Tanto Kim Dickens como la detective Boney como Carrie Coon como la hermana del sospechoso esposo ofrecen grandes actuaciones que otorgan el balance perfecto a dos protagonistas que, en un principio, ofrecen retratos fríos y distantes (por la naturaleza de sus personajes). 

"Gone Girl" no pasará como lo mejor del cine de Fincher (Seven, The Social Network y Zodiac tienen bien ganado el podio), pero es una clase maestra de cómo hacer un thriller moderno con elementos clásicos y utilizados mil veces, pero dotándolos de nuevos matices. Fincher demuestra ser un genio y ser capaz de coger cualquier historia para ofrecernos, como siempre, una mirada a la descomposición de las relaciones humanas y el evidente resultado que se genera: como Summerset en Seven, como Graysmith en Zodiac, como Zuckenberg en The Social Network, Nick Dunne acaba solo. Es el destino inexorable del ser humano. 

Nota: 18/20

domingo, 2 de marzo de 2014

Rumbo al Oscar 2014: Dallas Buyers Club

"Dallas Buyers Club" narra la historia real de Ron Woodroof (Matthew McCounaghey), un texano homofóbico y adicto que en los años ochenta le fue diagnosticado sida y se dedicó a traficar con medicamentos no autorizados que mejoraban las condiciones de los enfermos de sida ante la inoperancia del sistema legal. La película está dirigida por Jean-Marc Valleè y goza de una crudeza durísima. Y decimos goza porque la película se construye en base al sufrimiento de los personajes. Estamos frente a un puñado de personas que toman decisiones más que discutibles, pero nunca dejamos de sentir el dolor físico y mental que les genera esta terrible enfermedad que es el sida.

Obviamente cuando se trata el tema del sida estamos ante películas de gran dureza. Pero no es fácil romperse en el escenario y conmocionar. Y  mucho más difícil es dosificar esas escenas con humor y con frescura. Más allá del guión, el mérito de componer personajes tan tridimensionales es de sus actores y de dos de las mejores actuaciones del año. La resurrección de Matthew McCouneghey es sensacional, destruyendo su ser en casi dos horas de películas. Y no sólo a nivel físico, bajando casi veinte kilos para su papel, sino que mentalmente el tipo se destruye. Ya no es el tío pijo de comedietas románticas, sino que ahora con Woodroof (y True Detective, Mud y Killer Joe), el buen Matthew se ha reinventado. 

McCounaghey sufre en escena, desgarrándose poco a poco. Pero entre él y el guión hacen que el personaje de Woodroof nunca pase de ser "malo" a "bueno". Siempre sigue siendo el mismo red-neck racista y homofóbico que conocemos en el primer minuto. Pero poco a poco va ganando capas y va cambiando su sentido de orientación. Así, Ron se mantiene como un vividor, pero siempre teniendo en mente que lo que hace ayuda a la gente. Y gente que en su mayoría no es como él. Esa es la riqueza de un personaje como el de Ron Woodroof, que supera al de la realidad y se transforma en una inspiración, a la vez que es un tipo que rompe las normas y, como le dice un agente federal en la película, un "simple narcotraficante".

En ese sentido, la película guarda muchos paralelos con la serie televisiva "Breaking Bad": hombre desahuciado que encuentra un nuevo rumbo a su vida en una actividad ilícita relacionada con las drogas. Pero a diferencia del Heinsenberg de Bryan Cranston, el Woodroof de McCounaghey mantiene los grises hasta el final y no termina por villanizarse, sino que incluso gana humanidad conforme se deteriora y ve que va perdiendo la batalla. Porque la batalla verdadera que "Dallas Buyers Club" retrata no es tanto la lucha corporal contra el sida, sino la lucha institucional contra el sistema. 

El sistema es el gran enemigo de la película: Woodroof tiene que traer medicamentos no autorizados desde México porque el sistema oficial otorga medicamentos que no mejoran, sino que empeoran las condiciones de los enfermos y, además, realiza pruebas de conejillo de indias con placebos. Woodroof empieza a luchar por una preocupación totalmente egoísta: su propia salud. Luego ve una oportunidad de negocios y abre el famoso Club de Compradores de Dallas. Pero finalmente, sin caer en la condescendencia o la pena, se da cuenta que tiene una responsabilidad por ayudar a la gente que recurre a él como una especia de salvador. Por ello es que vemos ron sudar, renegar y lamentarse por el teléfono, e incluso viajar hasta Japón por las medicinas. Claro, lo hace porque quiere salvarse, pero también porque siente una gran responsabilidad.


Dicha evolución no estaría completa sino observáramos su relación con Rayon (Jared Leto), un transexual que se convierte en su mano derecha en el club. Lo que hace Leto en este film es sensacional, ya que compone un personaje complejo, convirtiéndose en algo más que el comic relief de la película. Rayon trata de mantener la dignidad hasta el final y busca siempre conservar la imagen de belleza que admiraba. Hasta el encuentro con su padre en el que sencillamente Leto se derrumba. De allí en adelante es un tour de force de Rayon y la compra de boletos de Leto por obtener el Oscar a Mejor Actor de Reparto. Particularmente desgarradora es la escena en la que Rayon admite que no quiere morir. Esa es la consagración del actual frontman de "30 seconds to Mars".

Pero así como destacan McCounaghey y Leto, Jennifer Garner compone un personaje débil, previsible y absolutamente plano, como el típico personaje que al principio está del lado del sistema y termina por pasarse al bando de los "antihéroes". Esta y la falta de desarrollo de los hombres del "bando oficial" (el agente de la "Food and Drug Administration" y el Doctor del hospital) son tal vez las únicas críticas a una película muy buena. La lucha de un hombre por sobrevivir, pero la lucha de un alma rebelde por hacer lo que quiere ayudando a los demás. En ese sentido, es un mensaje absolutamente libertario el que transmite la película: cada persona tiene la posibilidad de elegir sus mecanismos de salud. Este mensaje que podría calificarse como "político" llega al espectador sin ser una película política, sino más bien una muy humana, que cala hondo. Y ese es el gran mérito de Vallè y sus actores.


Nota: 18/20

Rumbo al Oscar 2014: Philomena

Philomena es tal vez la nominada al Oscar 2014 más floja. Y una de las nominadas a mejor películas más débiles que he visto en años. Trata la historia real de Philomena Lee (Judi Dench), una mujer irlandesa cuyo hijo le fue arrebatado por unas monjas y que con la ayuda de un periodista venido a menos (Steve Coogan) busca a su vástago perdido.

A diferencia de otros años, el poderoso Harvey Weinstein no tenía una película sólida con la actual competir en los Oscars. Y tomó esta película para covnertirla en su caballo de batalla. Sin Weinstein detrás, "Philomena" no pasaría de ser un simplón telefilm. Bueno, eso y la gran actuación de Judi Dench. La Dame del cine británico compone con lo que puede de un personaje natural, que sólo las actrices con oficio pueden hacer. Steve Coogan cambia su registro y ofrece una buena actuación como el compañero de viaje de Philomena.
La dirección de Stephen Frears es pobre, simplona para el director que nos trajo joyas como "Relaciones Peligrosas" o "The Grifters". el guión, inexplicablemente nominado al Oscar, nos da todo lo esperable en esta comedia-drama sobre dos personas dispares. Frases para la verguenza y situaciones trilladas es lo que encontramos. Y claro, a diferencia de la soberbia "Nebraska", en "Philomena" sí se recurre a la lagrimilla fácil. Muestra de ello son los innecesarios flashbacks. Una pena.

Lo único que podría salvar esa película es el punto de debate sobre la religión. Pero se queda en lo obvio: "no creo en Dios porque creo en lo que puedo probar", "las monjas son unas malas zorras", "¿Dónde está Dios?". No profundiza y pierde una gran oportunidad de debate. Se queda en una hora y media sensiblera de una historia que debe conmover y en lugar de eso se tira al piso llorando para llamar la atención. Lo único destacable es la bonita banda sonora de Alexandre Desplat. El resto es digno de Hallmark.

Nota: 06/20

Rumbo al Oscar 2014: Nebraska

Nebraska es la última película del realizador norteamericano Alexander Payne, caracterizado por insertar temas como la melancolía y la insatisfacción en sus películas. En Nebraska, Payne se aparta por primera vez de la escritura de un film que dirige, pero el guión no se aleja de esos temas y más situaciones características del tipo de cine que le gusta hacer a este autor. En Nebraska, Payne narra en su ya clásica faceta de road movie el viaje de un viejo hombre (Bruce Dern) y su perdedor hijo (Will Forte) por recolectar el dinero de una lotería que supuestamente el antiguo patriarca ha ganado.

Como en todo el cine de Payne, el truco en sus películas está en balancear bien la cuota de drama y la de comedia. De esta forma, el guión original de Bob Nelson es maravilloso, no sólo porque cuenta con diálogos y situaciones memorables, sino porque además dota de interés a una historia que tiene todo para no serlo: el trillado viaje de un padre y un hijo que no tiene una buena relación, los esposos cascarrabias, viejos por todos lados, etc. Nelson coge el cinismo y la crudeza humorística propia del cine de Payne y le imprime su sello. El resultado es la mejor película de la filmografía de Payne, oh casualidad, sin un guión suyo como es costumbre.
Pero si el guión es una joyita, la dirección no se queda atrás. A veces la pluma de Payne (ganador de Oscar por guión) opacaba sus dotes como director. Pero Payne siempre había demostrado un nivel completo de autoría, como Woody Allen o los hermanos Coen, en el cual la maestría de la película era tan sólida que no nos permitía distinguir cuando acababa el guionista y cuando comenzaba el director. En esta ocasión, Payne se aprovecha de alguna manera que el guión no es suyo para imprimir su sello netamente desde el banquillo del director. Y el resultado es genial.

Payne demuestra que sus dotes como director son excepcionales, ya que dota de personalidad situaciones o escenas que con un mal director hubieran resultado un desastre. La comedia tiene eso de dificultad: hay que darle el movimiento y el timing preciso, sino, simplemente no da risa. Y esta situación se potencia con un guión de comedia tan cruda y sarcástica como el de Nelson. Ahí radica el mayor reto de Payne: dosificar sus películas. Y en Nebraska encontramos el balance perfecto para reír y para llorar. Porque encontramos una escena disparatada como el robo de una máquina de un granero o una escena casi épica en la que los protagonistas entran al pueblo que los humilló con su nuevo "corcel", al más puro estilo de las películas de vaqueros. Y Payne dirige ambos tipos de escena con mano maestra.

Viendo Nebraska uno tiene la sensación de ver un Western sentimental: la historia de un viejo y delirante cowboy y su hijo en su caballo buscando un tesoro. Escenas de cantina y bares, viejas amistades que son más peligrosas de lo que aparentan, peleas, familias que se desgarran, matriarcas insospechadas, relación paterno-filial destruidas y reconstruidas. Payne consigue su film más clásico y de paso su primer film que tiene todas las características del viejo clásico americano. Esta variante cowboyiana le ha caído muy bien a Payne, quien demuestra que en el cine no hay mezcla válida, y esta especia de western cómico negro puede despertar en el espectador hasta la sensación más dolorosa como la urgencia de reconexión con la familia o la tristeza de la pérdida de un padre. Eso sí, lágrima fácil esta película no es.

Las actuaciones son el otro gran punto fuerte de esta película. Bruce Dern está maravilloso como el viejo Woody, ya que si bien no tiene mucho dialogo, con sus expresiones y mirada logra transmitirnos todo lo que este viejo sobreviviente siente y piensa. Ver a Dern en pantalla por dos horas es una clase maestra de actuación, en la cual un tipo sin abrir la boca nos permite conocer el interior de su alma. Y ofrece las dosis suficientes de patetismo, simpleza, ternura, locura y amargura para hacernos sentir que estamos ante una persona de verdad, ante un ser humano. Y esa es una de las cualidades de Payne también: hacer que los personajes, por más Reese Witherspoon o George Clooney que sean, nos parezcan seres humanos con múltiples facetas. Personajes de verdad.
El comediante de Saturday Night Live Will Forte es una sorpresa, ya que demuestra que un papel dramático no le queda nada grande. Forte tiene esa mirada triste y perdida que se requería para el personaje del hijo perdedor que busca en su padre su única coenxión con el mundo real. No alcanzará los índices de grandeza de ese adorable looser que fue Joaquin Phoenix en "Her", pero Forte cumple con creces. Eso sí, la gran sorpresa del film resulta ser June Squibb, esa vieja cascarrabias que además logra encantarnos. Squibb posee esa expresión de abuelita cariñosa pero una lengua de mortal pitón. Y se adueña de sus parlamentos y sus escenas convirtiéndose en la reina del escenario. Es el alivio cómico de la película, pero también es de alguna manera el centro moral de la misma, ya que ella se erige como una suerte de matriarca de la familia protagonista. Y lograr esas dos cosas en menos de media hora de escenas no es nada fácil.

Un par de pegas puede tener el film. El primer tramo puede resultar algo cansino, ya que es el tradicional "set-up" que toda película necesita. Pero esto termina alargando la duración de una película que no debió pasar de una hora y media. Finalmente, si bien hemos resaltado que el guión de Nelson es maravilloso, en ocasiones puede resultar un poquito previsible. En sí, toda la historia resulta previsible, pero la maestría de Payne y Nelson radica en mostrarnos la forma, el camino. Sabíamos desde la escena uno que eventualmente Woody y su hijo terminarían por establecer algún tipo de nexo, pero lo importante era conocer ese lazo. Y todo ese vía crucis concluye con esa maravillosa escena de western que es la entrada al pueblo del viejo vaquero y su hijo perdido. Payne toma prestado un poco de clase de Ford o Hawks y le da el cierre perfecto a esta película. Una nueva película de viajes, como le gusta, pero su película definitiva sobre los compañeros en la ruta. Su mejor película hasta la fecha.

Nota: 19/20

sábado, 22 de febrero de 2014

Rumbo al Oscar 2014: Her

Her es la ùltima pelìcula de ese extraño director-guionista que es Spike Jonze, el mismo de "¿Quieres ser John Malkovich?" y "El ladrón de Orquídeas". "Her" narra la historia de Theodore Twombly (Joaquin Phoenix), un solitario hombre que en un futuro no tan lejano trabaja en una compañía que escribe cartas por encargo (oh, la inspiración) y que tiene tanta desconexión con el mundo "real" que decide adquirir un Sistema Operativo (voz de Scarlett Johanson) para tratar de "alegrar un poco más su existencia.

La película ha sido categorizada como "revolucionaria" ya que si bien cuenta una historia algo futurista, no parece estar muy alejado del año en el que actualmente vivimos. Ya todos nosotros somos preso de alguna u otra forma de las nuevas tecnologías, sea escribiendo en computadoras o viendo a cada rato nuestros celulares. Por ello nos sentimos identificados en muchas partes de "Her". Parte fundamental de esta empatía con el espectador se debe al guión de Jonze y a la gran actuaciçon de Joaquín Phoenix. Si el año pasado nos deslumbró con ese orate fuera de control en "The Master", este año Phoenix cambia de registro y nos entrega un personaje cuya tristeza es adorable. Siempre es bienvenido un actor que de un año a otro muestra un registro absolutamente diferente. Eso es ser un gran actor.


El otro gran acierto de la película es la incorporación de Scarlet Johanson como la voz de "Samantha", el Sistema Operativo. Originalmente había sido Samantha Morton la que le había brindado su voz a este personaje, pero Jonze creyó que Morton no aportaba lo suficiente a su registro de voz, por lo que convocó a Johansson. Y la decisión fue magistral. Si bien Johansson ha sido calificada más por su aspecto que por su talento (siendo en realidad una buena actriz), su voz es uno de los aspectos clave de su rango actoral, por lo que se convierte en la indicada para el rol. Samantha se quita toda sombra de frialdad (para ser una computadora) y adquiere matices humanos, de calidez y espontaneidad. El espectador siente en verdad que Samantha va desarrollando una personalidad propia y una sensación de deseo por sentir y amar. Por ello es que escenas como la relación sexual entre ambos se siente tan genuina, tan real.

Pero también Johansson aporta toda esa aura de "femme fatale" que ya le había resaltado Woody Allen en "Match Point". La relación de amor entre ambos queda cerrada rápidamente, lo cual no le deja otra opción a Jonze que comenzar a deconstruir esa relación. Y lo hace en forma de thriller psicológico, con Samantha desarrollando una obsesión por Theodore. Y eso resalta también por la voz de Johansson. Genial resulta por ello la escena más creepy del film: esa especia de trío entre Theodore, Samantha y una...¿Cómo llamarla? Una especie de "cuerpo prestado" para Samantha. Con su mera voz Johansson termina por eclipsar a buenas actrices con correctos papeles como Rooney Mara o Amy Adams.


Técnicamente la película es de primera: una genial ambientación nos transmite esa sensación que lo que estamos viendo es en el futuro, pero en uno no muy lejano. La fotografía está genial, con esos colores cálidos que contrastan con la frialdad de una sociedad subsumida en sus pantallas negras. Y la música calza de manera perfecta,tanto la banda sonora como la composición original "The Moon Song". Todos complemento técnicos perfectos que resaltan la historia de la película y no desentonan ni son exagerados.

Poco a poco el film va llegando a dos peligrosos campos del cual no muchas películas pueden escapar: la exageración y el alargamiento. Y aquí es cuando el guión de Jonze se desbarranca y no consigue la redondez. Primero, "Her" se torna exagerada y recalca muchas veces lo que ya hemos entendido. Sí, Theodore es un perdedor muy triste; sí, Samantha está muy caliente y quiere amar. Eso lo entendemos ya a la media hora del film, pero Jonze lo resalta una y otra vez. Y esto desemboca en el segundo problema de la película: es demasiada larga. Casi dos horas de metraje sobre una historia de un hombre que se enamora de un ordenador y que no presenta mayor sorpresa. Justamente algo que hace más larga la sensación de ver el film es que resulta bastante previsible, y media hora antes de los créditos ya podemos adivinar el final.

En ese sentido, lo que parecía una mordaz comedia sobre cómo las nuevas tecnologías nos habían atrapado se temrina transformando en un dramón romántico. A Jonze se la va la mano y termina decantándose por la opción facilista: lágrimas a caudales. Toda la sorpresa que tenía el film en su primera hora y cuarto se temrina diluyendo en pos de un argumento más exagerado y dramático. Digamos que a Jonze se le terminó saliendo todo el espíritu hipster y cuasi emo. Y eso hace que este film no alcance la perfección a la que parecía apuntar.
Nota: 17/20