viernes, 13 de febrero de 2015

Rumbo al Oscar 2015: Whiplash

“Whiplash” (2014) es la película más valiente de todas las nominadas al Oscar. Narra la historia del joven músico Andrew (Miles Teller) y su obsesión agresiva por querer ser el mejor baterista de la historia, objetivo que chocará con la opresión de su voraz profesor Fletcher (JK Simmons). Una historia hasta cierto punto clásica, e incluso oscarizable. Pero esta película tiene la valentía de arrojarse a la piscina y empujar hasta el límite, y para eso es necesario tener una garra pocas veces vista en la pantalla grande.

Y “Whiplash” le debe casi todo a Damiane Chazelle, joven director que grabó primero un corto sobre “Whiplash” y luego la transformó en película. Chazelle es un novato pero demuestra que tiene clara una cosa muy importante en el cine: el ritmo. El cine es como la música y Chazelle se gradúa de gran narrador con “Whiplash”. Sabe cuando emocionarnos, sabe cuando golpearnos, sabe cuando hacernos sudar o cuando hacernos sufrir. “Whiplash” pudo haberse desbordado con cualquier otra persona en la silla del director, por ser muy violenta o por tener momentos muy ñoños, pero Chazelle le transmite la fuerza y contención necesaria en momentos claves. Es un director que sabe poner la cámara, sabe moverla y sabe lucirse, pero teniendo en claro que la dirección siempre debe estar al servicio de la historia y no al revés.


Mérito también de un muy buen guión de Chazelle, que ofrece un retrato directo de sus dos protagonistas. Por un lado, el joven Andrew y su obsesión por ser el mejor, y por el otro, el profesor Fletcher y su mala leche. Pero el guión de Chazelle permite que ambos personajes respiren, y permite así que el espectador pueda entenderlos y ver en ellos algo más que dos caricaturas. Son papeles, en especial el de Fletcher, que fácilmente pudieron caer en la caricatura pero el guión de Chazelle los dibuja como dos seres humanos con sus obsesiones y conflictos que tienen una meta fija y que claramente la misma ha terminado por joder grandes aspectos de su vida.

Claro, estos retratos completos de Andrew y Fletcher no hubieran sido posibles sin dos de las mejores actuaciones de la temporada. Primero un Miles Teller que sorprende. Pocas veces se ha visto un actor joven con tanto poderío animal. Mientras que la mayoría de actores jóvenes presentan retratos introspectivos y suaves, Teller saca el lado más salvaje y lo deja todo en la cancha. Teller se entrega al papel, no solo desde el aspecto más técnico como puede ser aprender a tocar maravillosamente la batería, sino que también ofrece un retrato dolido, muy sentido y que destila la palabra “obsesión” por los poros. Se ve en sus ojos, en sus muecas y en la forma loca con la toca la batería. Sin ánimos de exagerar, Teller nos hizo recordar al De Niro joven, tan implacable como desatado.

Y la gran estrella de la función también resulta ser ese secundario eterno que es JK Simmons. Conocido por sus secundarios en televisión y cine, Simmons tiene su “momento” en “Whiplash”.  Su Fletcher llena la pantalla cada minuto que aparece y se queda grabado en la memoria del espectador incluso días después de haber visto la película. Es cierto, grita, arroja cosas y se enoja, pero todo eso lo hace con el timing preciso. Contrario a su frase de antología “Not my tempo”, Simmons si le encuentra el tempo a su personaje y saber tratar al monstruo que tiene como personaje. Además que se permite tener dos momentos de inflexión, hasta tres diríamos: el relato sobre la muerte de un ex estudiante, el encuentro con Andrew en el bar, pero en especial ese sublime momento en el clímax de la película donde manda al diablo su orgullo porque se da cuenta que ha encontrado lo que tanto quería: al siguiente Buddy Rich. En los ojos de Simmons está su Oscar a Mejor Actor Secundario.

Finalmente, son dos los sellos que harán inmortal a “Whiplash”: una banda sonora memorable (en especial el tema homónimo y el “Caravan”) y una edición sencillamente formidable. Pocas veces se ve una edición tan lúcida que le otorgue un sello tan propio a una película. La edición a cargo de Tom Crooss logra una sinergia con la dirección de Chazelle, dando la impresión que se trata de la obra de un mismo ser viviente. Las idas y vendías de la dirección de Chazelle se mezclan con los cortes perfectos de Cross, combinando el sufrimiento de Andrew y el salvajismo de Fletcher y creando una fuerza magnética de un dúo que destila odio pero que solo provoca empatía con el espectador. Esa unión que nos otorga uno de los finales más alucinantes del cine moderno, con un toque de batería épico y un acompañamiento final de la banda que cierra ese desafiante final de casi veinte minutos. Porque no se deje engañar, “Whiplash” no es solo una película sobre el jazz o la ambición americana, es un thriller y una película de acción. Solo que sin balas. Ahí radica su majestuosidad.


Nota: 19/20

domingo, 8 de febrero de 2015

Rumbo al Oscar 2015: Birdman

Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) es la película de redescubrimiento de Alejandro González Iñárritu. Narra la historia de Riggan Thompson (Michael Keaton), otrora estrella de acción que ahora busca reinventarse produciendo, dirigiendo y protagonizando una obra del prestigioso escritor Raymond Carver. Una historia de egos y aspiraciones que puede ser calificada de muchas formas: maniaca, autobiográfica, fumada, ácida, inquietante pero, sobre todo, catártica.

Esta es una película necesaria. Necesaria para todos nosotros. En primer lugar para su director, Alejandro González Iñárritu (que por una razón ahora va como “Alejandro G. Iñárritu). Era un cineasta que, te guste o no (personalmente me parecía más un manipulador que un director de cine), siempre recibía la crítica de explotador de la tristeza y la debilidad. Se le iba la vena de televisa y componía retratos durísimos pero que llegaban a un extremo que aburría. En Birdman, el director se reivindica. Creo que ahora González Iñárritu ha encontrado un punto perfecto, ha madurado. Y esta vez o hace porque deja de lado su ego (esa palabra mágica para este película) y pone toda su técnica al servicio de la película. La regla de oro: primero la historia, luego los egos. Y qué técnica. González Iñárritu demuestra que domina el lenguaje cinematográfico. Unos movimientos de cámara magistrales en una película que da la sensación (falsa) de ser el conjunto de 3 o 4 planos secuencia. Esa magia que inunda la sala de cine y que calza con la historia “meta” de cine y teatro que el realizador mejicano busca contar. Y sabe que lo importante es balancear las emociones con la historia que cuenta. 


Una historia que cuenta con un guión simplemente genial. A diferencia de otras películas donde todos los personajes se contemplaban tristemente (21 gramos) o simplemente todo se difuminaba entre tantos relatos (Babel), “Birdman” cuenta con una historia base, la de un actor que busca desesperadamente de despegarse de su alter-ego superhéroe a través de un mecanismo de suficiente prestigio como el teatro moderno norteamericano. Riigan-Keaton tiene un objetivo y en su búsqueda implacable se entrelazan historias “reales” (y algo predecibles, como los amoríos tras escenas, peleas con actores, falta de financiamiento) con situaciones mágicas como los “poderes” de Riigan o sus encuentros de pesadilla con el súper héroe Birdman que interpretó hace varios años. Estas situaciones están combinadas con un gran timing y se mezclan perfectamente para definir la psiquis de un personaje riquísimo como Riggan. Un personaje con un conflictos externo (llevar a cabo su gran debut en Broadway) y un conflicto interno (zafarse de Birdman de una vez por todas) que se combinan muy bien para crear una historia que nos mantiene pegados a la butaca por dos horas. 

Demás está decir que se trata de un guión súper ácido y graciosísimo. Diálogos desternillantes que además tienen un trasfondo. Porque una de las grandes virtudes de Birdman es que toca muchos temas y los toca bien. La película critica a los medios, a la prensa, al arte, al cine, al teatro, al showbusiness, a los actores, a todos. Y todas estas críticas son mordaces pero justas, con la longitud exacta para que no se convierta en un panfleto de dos horas contra algún punto en específico. Así es como críticas mortalmente issues como Twitter o la fama: con pincelazos puntuales y no con un derroche de moralina apestosa. El, guión siempre dosifica las cuotas de humo y drama, peor más importante aún, conteniendo los excesos de otras películas que ya eran marca registrada de González Iñárritu. Virtud de dirección, pero también de guión, el principal logro del director mexicano con “Birdman” es que hace suya una película, con su sello, peor que a la vez no parece completamente suya. Se aleja de su figura y se consolida. Se refuerza alejándose del ego, acercándose al excelente director y el buenísimo guionista (con colaboración claro de Giacobone, Dinelaris y Bo, sus coguionistas).

Pero la magnífica dirección de González Iñarritu y el genial guión nos ería nada sin las actuaciones. El gran protagonista de la película es un Michael Keaton que se nota ha dejado la piel en la cancha con su personaje de Riggan Thompson. Es cierto, es una versión de Keaton (afamado actor ochentero por su papel de Batman), pero la garra de Keaton es conmovedora, hasta encontrarte con escenas (en especial las que comparte con Amy Ryan) en las que no puedes disitnguir si estás viendo al personaje o al actor. Sea como sea, Keaton se abrió y se entregó a este proyecto como pocas veces se ha visto, con la dote de comedia necesaria (es un gran comediante al fin y al cabo) y mostrando la carga pesada sobre sus hombres de la fama pasajera. Es uno de los “comebacks” de la historia.


Pero el cast secundario no se queda atrás. Edward Norton es otro que ha hace su regreso con una versión de sí mismo (conocidas son las historias del mal temperamento de Norton y su obsesiva implicancia con sus proyectos), es decir, uno de los mejores actores de su generación. Norton es un monstruo a la hora de transmitir la agresividad contenida de sus personajes y aquí da rienda suelta a su vena más atrofiada como actor para componer a un actor maldito. Emma Stone es otro complemento perfecto para Keaton como su drogadicta hija, demostrando que es una buena actriz con un registro algo histriónico pero muy bien aprovechado por González Iñárritu (cuya dirección de actores es siempre impecable) para este personaje. Complementan muy bien el resto de secundarios, destacando una maravillosa Naomi Watts y un Zach Galifianakis que se aleja de sus papeles de comedia rústica y demuestra tener pastad e actor dramático.

A todo ello hay que sumarle que “Birdman” es una película técnicamente perfecta. Una perfecta fotografía de Emmanuel Lubezki y una banda sonora tan loca como precisa complementan la visión de González Iñárritu y sus coguionistas. Ambos elementos logran una conjunción preciosa en una escena en particular, el “escape” de Riggan del teatro y su entrada desnudo a Time Square. Esa sola escena resume el espíritu de “Birdman”: la alocada aventura de un hombre que quería ser más de lo que era y terminó aceptando su destino. Por ello las mejores escenas de la película son la de la confrontación de Riggan con la pesada crítica de teatro y el “descubrimiento” de Riggan cuando su alter ego le demuestra las destrucciones explosivas de su película, sale un pajarraco robótico y el protagonista se dispone a volar. Tan realista como alocada, esa es “Birdman” en su esencia. Una película alucinante, pero sobre todo, necesaria en épocas de egos y falsas aspiraciones. 


Nota: 19/20

domingo, 1 de febrero de 2015

Rumbo al Oscar 2015: American Sniper

“American Sniper” es la última película del maestro Clint Eastwood. Se trata de la biografía de Chris Kyle, marine americano que es (tristemente) conocido por ser el francotirador más letal del ejército americano, con 160 objetivos (personas al fin y al cabo) asesinados. Esta polémica premisa fue la pieza central de un libro autobiográfico y ahora de esta película que sorprendentemente ha batido records de taquilla y ha recibo el apoyo de la crítica.

Lamentablemente, la película falla por todos lados. Primero, hablemos de sus (de)méritos como película. Simplemente no tiene narrativa, no cuenta nada. La película tiene como absoluto protagonista a Chris Kyle (Bradley Cooper), pero lo que vemos es una sucesión de escenas viendo todo lo que le ocurre: en su casa, en el bar, en el campo de entrenamiento, en Irak, de regreso a casa, etc. De alguna forma, se asemeja a “Nightcrawler”, esa cinta que también narraba las andaduras de un protagonista problemático en un ambiente hostil, pero que al final de la película no iba a ningún lado, no evolucionaba o involucionaba, no tenia viaje. Lo que vemos es una sucesión de escenas predecibles (me maltrata mi padre, me enamoro de la chica pija, soy letal y mato niños, no me adapto a la normalidad) y que no conforman un conjunto sólido. Es una vulgar suma de clips vistos en otras cintas.

El bueno de Bradley Cooper no tiene la culpa y está, como casi siempre, muy bien en su papel (al fin y al cabo Eastwood es uno de los mejores directores de actores de la actualidad). Pero el personaje de Kyle o no es del todo interesante o no está del todo bien escrito. Aquí marcamos un paralelo con esa gran cinta (anti)bélica que es “The Hurt Locker”. El personaje de Jeremy Renner sí tenía un viaje, sí, tenía un propósito y sí tenía características palpables. Tenía un conflicto que nos ponía los pelos de punta (era un desarma-bombas suicida por Dios) y nos hundimos emocionalmente con él cuando volvió al ruedo y empezó otro “día 1”. Además, Bradley estará muy bien, pero no está mejor que Gyllenhaal en la mencionada “Nightcrawler” o Ralph Fiennes en “El gran hotel Budapest”. Eso es robo de Oscares.


Jalando aún más la comparación con “The Hurt Locker”, e incluso con “Zero Dark Thrity”, ambas películas de Katherine Bigelow, se tratande películas con presencia y garra. De ambas recordamos escenas dignas de reels de la historia del cine (la escena con el buen Ralph Fiennes de tiroteo cruzado en “Locker” y la magnífica recreación del ataque final a Osama Bin Laden en “Zero”). En American Sniper no encontramos ni historia ni escenas memorables. Ninguna. Nos vamos de las salas de cine con la sensación de un gran vacío.

Y gran parte de la culpa la tiene el viejo maestro Eastwood. Alejado de sus obras maestras como “Unforgiven” o “Mystic River”, Eastwood parece grabar su más reciente película con pereza o, peor aún, de manera apurada. Escenas poco memorables sin ningún atractivo cinematográfico y dejando en descubierto el ya pobre guión de Jason Hall. Al parecer a Eastwood le va mejor escenas íntimas (que no por ellos menos potentes o violentas) que grandes escenarios, que para eso le deje el puesto a la maestra Bigelow que sí sabe grabar escenas de guerra. No queremos decirle a Clint que se retire, pero que sí quiere mantener su legado en alto se tome en serio esto de dirigir cine. Sino “Gran Torino” seguirá siendo para siempre la película que resonará como “la que debió ser su retirada”.

Finalmente, un comentario sobre el lado político de la película. Es innegable que una cinta que narra las peripecias del francotirador más letal de la guerra de Irak sería una historia polémica. Y la película ha levantado las críticas más férreas de un sector liberal y la defensa cerrada de los sectores más conservadores de Estados Unidos. Y si bien es cierto que se siente cierto tufillo derechón en la cinta (Eatwood no deja de ser, al fin y al cabo, una de las caras más representativas del Hollywood republicano más conservador), esto no resulta lo peor del film. Cuantas pelícuas geniales dejan ver sus intenciones políticas y no por eso ser menos loables. El problema con “Americna Sniper” es que no hace lo que en primer lugar una película debe hacer: contar una historia sólida. No entretiene, no nos sumerge emocionalmente, no contribuye en nada. Se limita a ser una serie de clichés estadounidenses (ahí que resulte algunas veces risible, ni hablar del famoso bebé falso-muñeco que usaron para una escena) que evidentemente es una tentación irresistible para los detractores del militarismo más acérrimo. La película resulta ser simplemente un casquete vacío en la amplia gama de municiones que nos ofrece el viejo Clint. Toca reivindicarte, maestro.


Nota: 10/20

viernes, 30 de enero de 2015

Rumbo al Oscar 2015: The Imitation Game

The Imitation Game sería, en cualquier otro año, la gran favorita para llevarse el Oscar a Mejor Película. Se trata del biopic de Alan Turing, matemático inglés que jugó un papel importante en terminar con la segunda guerra mundial a través de la ardua tarea de descifrar un código alemán conocido como “Enigma”. Un drama ambientado en la guerra. Con un cast de estrellas británicas. Con un personaje trágico: genio incomprendido, antisocial a ultranza, y homosexual si habría que aumentar algo. Pero no, esta película decepciona.

Siguiendo la fórmula de otros “biopics que aspiran al Oscar”, como “Una Mente Maravillosa”, The Imitation Game usa la plantilla de los dramas de genios antisociales que lucharon contra el sistema y finalmente logran su objetivo. Aunque esta película trata de romper un poco con la fórmula alternando tres líneas temporales: los esfuerzos de Turing y su equipo para romper Enigma, su relación de niños con Christopher y su investigación y castigo final. Y si bien se agradece la intención, finalmente todo el peso dramático termina cayendo en la lineal y predecible búsqueda de Turing por romper con el código Nazi. 

Como si de un molde de biopics se tratase, la búsqueda por romper el código termina por aburrirnos, mostrando cosas que ya hemos visto en otras películas (el grupo que no se lleva bien, luego el incomprendido genio que hace las paces, la presión de los jefotes malos, el descubrimiento de la fórmula en el bar-guiño a “Una Mente Brillante”, por Dios-etc.). Ni el básico guión ni la estándar dirección de un inexplicablemente nominado al Oscar Morten Tyldum (increíble que se dejara fuera del Oscar trabajos infinitamente superiores como el de Fincher en “Gone Girl” o Damien Chazelle en “Whiplash”) pueden levantar la película.
Tal vez la principal crítica al tratamiento de la película, responsabilidad entera de los guionistas, Tyldum y el mega productor Harvey Weinstein, es haber gastado tantos minutos en la historia del Enigma. Es cierto, es lo que le da el título a la película, pero ni de lejos es lo más interesante de la historia de este personajazo que es Alan Turing. Tanto su homosexualidad reprimida (y castigada penalmente en Inglaterra hasta 1967) como su infeliz calvario luego de su sentencia por indecencia terminan siendo storylines súper interesantes que le film se molesta en tocar en apenas cinco minutos e incluso, lo que es de vergüenza ajena, en textos antes de los créditos finales. En ese sentido, siendo Turing un personaje de tantos matices, The Imitation Game se queda en la superficialidad y no explora más allá de la figura de Turing como héroe trágico. Una oportunidad desaprovechada.

Lo único que levanta la película, además de la correctísima edición y la buena banda sonora de Alexander Desplant, es el maravillosos cast de actores. A pesar de las debilidades del guión, Bennedict Cumberbatch le saca el jugo al personaje de Alan Turing. Es cierto que en ocasiones parece una desviación de su célebre Sherlock Holmes (e incluso de Sheldon Cooper a veces), pero Cumberbatch logra en un par de escenas cambiar el chip. Keira Knightley se deja de Piratas del Caribe y demás tonterías para componer un personaje de verdad como no lo hacía desde “Expiación”, demostrando que ha nacido para interpretar estos roles de época, trascendiendo el papel de “mujer del protagonista”, dotando a Joan Clarke de sus propios objetivos y dramas. 

Sin llegar a ser una mala película, lo que más genera The Imtiaiton Game en el espectador es decepción. Teniendo un gran personaje y un potente conflicto, termina decantándose por la historia predecible sin llegar a  profundizar en la real naturaleza del protagonista. Además, seamos honestos, si le quitáramos a Cumberbatch a esta película tal vez el efecto arrastre y stardom (Cumberbitches) habría relegado a la película de Morten Tyldum a ser un simple biopic más. Mejor leíamos el libro.

Nota: 15/20

martes, 21 de octubre de 2014

El Elefante Desaparecido: cine negro (del bueno) hecho en casa

¿Cuál es el límite entre ficción y realidad? Todos los que nos hemos aventurado a escribir ficción (con o sin mayor éxito, aunque esto es relativo) sabemos que siempre hay algo de nosotros en las piezas de ficción que creamos. Ya sean historias que se desarrollan en la primera guerra mundial o en una galaxia muy, muy lejana, nuestras ficciones arrastran parte de nuestras vivencias, sueños y frustraciones. Arrastran lo mejor y lo peor de cada uno.

De esto trata, al fin y al cabo, "El Elefante Desaparecido" (EED), segundo largometraje del otrora prometedor director peruano Javier Fuentes-León que, con EED se afianza como uno de los directores más importantes del medio. EED narra la historia de Edo Celeste (Salvador del Solar), policía convertido en novelista que ha sufrido la pérdida de su novia (Vanessa Saba) y que no sabe cómo sobrellevar dicha pérdida si no es escribiendo las aventuras de su personaje cúspide, Felipe Aranda. Cuando un inquietante actor (Lucho Cáceres) que interpreta a Aranda en una muestra fotográfica y una misteriosa mujer (Angie Cepeda) comiencen a perturbar a Celeste con sus preguntas e indagaciones, el propio novelista se preguntará si la desaparición de su novia tiene más aristas por investigar. Ante esta entrampada historia, la película se desarrolla como un clásico policial, con misterio y persecución incluida, que acumula todos los elementos necesarios del buen cine negro.
El cine negro es uno de los géneros más fascinantes del cine. Guarda muchos de los que ahora podrían considerarse clichés del cine: la mujer fatal, el protagonista desorientado, el villano encantador, los secundarios viscosos, el misterio que decepciona, etc. Así, Fuentes-León aprovecha bien estos arquetipos y construye a partir de allí su historia. Y esta es la principal virtud de EED: condensar con acierto el lado narrativo y de personajes del cine negro con una estética muy propia de este género. Es precisamente a nivel técnico que la película aumenta puntos. La fotografía del colombiano Mauricio Vidal es sencillamente genial, sobre todo en esos momentos claroscuros en el que el protagonista decide cruzar la línea entre la sospecha y la verdad. 

Este es un punto aparte para el cine peruano. Podrá tener muchas críticas esta película, pero no a nivel estético. Visualmente la película es deliciosa, al punto que muchos la han calificado como que "no parece peruana". Al ver los créditos de EED podemos apreciar que es una coproducción peruana-colombiana y que cuenta con muchos auspicios de empresas privados. No por nada detrás de ella está Tondero, producción conocida por éxitos comerciales como "Asu Madre" o "A los 40". Resulta loable que la industria peruana vaya encontrando identidad y no descuide los valores cinematográficos prefiriendo solamente los comerciales. Para ello debe dar dinero y debe confiar en el equipo técnico. Fuentes -León es el principal responsable de ello.

La cinematografía peruana no suele ser de "directores". Es más de "actores", de "guiones" (pocas de ellas) y sobre todo de "atmósferas". Lombardi es tal vez el mejor director peruano, pero pertenece a esa hornada de directores "clásicos", que no les gusta (a buena hora, a veces) resaltar más que el guión o la historia. Pero en EED, Fuentes-León logra destacarse como un director no solo con oficio, sino con recursos. Es una dirección precisa para este tipo de historia y que dosifica bien el uso de recursos con la calma de los clásicos. Justamente resulta ideal para el cine negro, género tan clásico como revolucionario. Finalmente, es gratificante que se trate de un autor que va encontrando elementos comunes a lo largo de su cinematografía: el más obvio de estos recursos es el mar, escenario de su primer largo (Contracorriente), pero en especial resulta curioso su obsesión por los reflejos (espejos, mar) y la identidad (homosexualidad en "Contracorriente" y autor/personaje en EED).
Pero así como se necesita de una atmósfera adecuada y un director hábil, el cine negro requiere de actores con carácter y con rostros. Caras como las de Bogart o Cagney marcaron a este género, y era necesario encontrar los intérpretes ideales. Empecemos con los secundarios, tan o incluso más importantes para este género. Lucho Cáceres demuestra ser el actor más natural del Perú (con el perdón del Master class del "Método" que nos ofrecen Vega, Torres Vilar o Iza) y con ese porte animal del mejor Robert Michum compone un villano tan atrapante que el giro final nos choca aún más. Andrés Parra (recordado "Patrón del Mal") tiene la viscosidad de los sombríos gordos que componía Sydney Greenstreet, mientras que Vanesa Saba y Angie Cepeda componen dos lados de esa misma moneda que es la fantasmal obsesión amorosa de Celeste (Saba con mayor oficio y presencia que la colombiana). Toño Vega, Carlos Carlín y en especial Tatiana Astengo demuestran los buenísimos actores que son con papeles cortos pero que cumplen con su cometido en las desventuras de Celeste. Finalmente Salvador del Solar no será Bogart, pero ofrece los matices románticos y hasta desoladores suficientes a un personaje que era clave para que nosotros, los espectadores, nos mantengamos enganchados a nivel emocional con el misterio de la película.

Finalmente el giro final es el que más debate ha generado. Particularmente creemos que ese final calza con el misterio y la nebulosa presentada en toda la película. Vamos, existen películas de Lynch (con quien tantos paralelos se han trazado, aunque nos parece que existen más semejanzas con Fincher) con mayores agujeros argumentales (de los que no se salva tampoco el EED) y con finales más decepcionantes (pero allí nadie denuncia nada). El giro, spoiler, en el que Celeste es Aranda y "Aranda" es el autor resulta contundente y le añade una capa más a una película que si bien era un film noir muy bueno exclamaba a gritos poder trascender. Estaba escrito, en las pequeñas pistas que dejaba Fuentes-León y en el propio backstory del personaje de Celeste. Por ello es que en una cinematografía que peca a veces de simplona, resulta fascinante que una película peruana se atreva a más y quiera trascender. Y lo más importante, sin artificios ni pretensiones, sino con una película que, en primer lugar, entretiene, es eficaz y la mejor muestra que en este país se puede hacer cine de género de mucha, muchísima calidad.

Nota: 18/20
 

lunes, 6 de octubre de 2014

Gone Girl (Perdida)

Comenzamos con "Gone Girl" (Perdida en Latinoamérica) el repaso por las posibles contendoras a mejor película en los Oscar del 2015. La Nueva película de David Fincher está basada en una novela de Gillian Flynn y cuenta la historia de Nick Dunne (Ben Affleck), escritor en horas bajas que ve cómo su mundo se pone de cabeza cuando su casi perfecta esposa (Rosamaud Pike) desaparece misteriosamente. Allí arranca una historia que tiene los ingredientes preferidos del cine de Fincher: la documentación del alma humana en corrupción y un examen de cómo el sistema termina por oprimir las relaciones humanas.


La historia tiene todos los ingredientes del thriller: desde las interrogantes que constantemente va planteando en el espectador hasta la aparición de personajes arquetipos del cine más noir de Hollywood como la femme fatale o los creepys ex amantes. Y debemos agradecer en primer lugar a Fincher y su excelente mano para narrar historias. Las películas de Fincher tratan temas diversos, y pueden resultar más o menos entretenidas, más o menos completas, pero siempre son entretenidas. Estamos ante un narrador impecable, un tipo que tiene el ojo para poner la cámara y el tempo para marcar el ritmo que él quiere imponer. "Gone Girl" tiene un metraje de dos horas y media, pero ni se siente. No hay nadie hoy por hoy como Fincher para dirigir historias de grandes investigaciones (sea de un asesino en serie o del verdadero creador de una red social) con resultados apabullantes a nivel social pero, sobre todo, a nivel personal. Además Fincher debe estar en el top five de directores para crear atmósferas de los últimos tiempos: a las ya clásicas escenas de persecución por los lluviosos barrios de "Seven" o el Gyllenhall en el sótano de "Zodiac" podemos sumar la iluminada pero tenebrosa "casa perfecta" de Desi Collings (Neil Patrick Harris). Notable trabajo también en la fotografía de Jeff Cronenweth, usual aliado de Fincher.

La virtud en la narración de la película también se la debemos al guión de la propia Flyyn, quien salta a la pantalla grande adaptando su propia novela y con resultados más que óptimos (algo no tan fácil como suena). Pero también es el guión el que presenta las pocas críticas que le podemos hacer a la cinta. Y es que el final se siente muy estirado, alargado, a tal punto que todo lo que se nos cuenta en los últimos quince minutos resulta consecuente, obvio, y pudo ser abreviado. Así también encontramos algunos agujeros en el guión (sobre todo en el Plan B de Amy, desde que se encuentra con Desi hasta su reaparición) y algunas situaciones que podrían sonar trilladas y hasta exageradas. Entendemos que "Gone Girl" no sólo es un thriller, sino también una crítica a la "mass media" y a las falsas alarmas que encienden los micrófonos, pero la cinta peca a veces de caer en algunos lugares comunes y situaciones obvias. Tal vez una segunda revisión del guión le hubiese permitido a Flynn contenerse un poco más, pero claro, esto cae en el wishful thinking. En el análisis general, el guión de "Gone Girl" presenta más aciertos que desaciertos.

Pero tal vez el gran acierto de la película, y de Fincher, es el maravilloso casting de "Gone Girl". Una gran película como "Gone Girl" puede darse el lujo de decir que tiene un cast casi perfecto con actores desconocidos o que sencillamente no habían tenido la gran carrera en Hollywood. Aquí un párrafo aparte para Ben Affleck. Si bien es cierto que en los últimos años ha reivindicado su carrera como director, en especial con "Argo", Affleck siempre ha sido considerado un pésimo actor (vean el "affaire Batman" que es más famoso por su supuestamente inmerecido Oscar a Mejor Guión (se dice que Matt Damon escribió todo mientras Affleck fumaba hierba) y su publicitada relación con Jennifer López. Y en realidad Affleck no es un gran actor, tal vez ni siquiera sea uno bueno. Pero como dicen, no hay actor malo, solo hay malos castings (que lo diga Adam Sandler y su más que decente actuación en "Punch Drunk Love" del genio Paul Thomas Anderson). En esta película, vemos en cada aparición suya por qué Fincher escogió a Affleck como su protagonista. El Nick Dunne de Affleck es un tipo sobrado, que cree que merece más de lo que tiene, insatisfecho, incomprendido, resentido, víctima. En una línea hemos pasado a describir las múltiples facetas de un personaje complejo, al cual Affleck encarna de manera maravillosa. Basta ver esa escena en que finge una sonrisa para complacer a la prensa. Eso es cine: transmitir tanto con tan solo un segundo de metraje. 


Pero la real sorpresa del film es Rosamund Pike, actriz británica que hasta el momento no encontraba el rol adecuado. Y es que en "Gone Girl" ella es la estrella. Pike compone un personaje complejo, de mil caras, que pasa de ser la chica perfecta con la que todos se quieren casar a ser una verdadera hija de puta. Lo de Pike es de antología, encantadora como la novia ideal, gélida como la esposa insatisfecha, feroz como la manipuladora implacable que es. Tomando cosas de la más dulce Hepburn y la más perversa Stanwyck, Pike apunta alto con el rol que, esperemos, signifique su trampolín a una carrera más que destacada. 

El resto del cast es genial. Otro criticado por la crítica como el comediante Tyler Perry compone un ideal abogado que, a pesar de tener su historial, se ve sorprendido por los matices del caso de la desaparición de la Amazing Amy. Neil Patrick Harris compone una versión un poco más psycho de su Barney Stinson en How I Met Your Mother, saliendo airoso en su salto al cine. Pero son las secundarias femeninas las que le otorgan garra a la película. Tanto Kim Dickens como la detective Boney como Carrie Coon como la hermana del sospechoso esposo ofrecen grandes actuaciones que otorgan el balance perfecto a dos protagonistas que, en un principio, ofrecen retratos fríos y distantes (por la naturaleza de sus personajes). 

"Gone Girl" no pasará como lo mejor del cine de Fincher (Seven, The Social Network y Zodiac tienen bien ganado el podio), pero es una clase maestra de cómo hacer un thriller moderno con elementos clásicos y utilizados mil veces, pero dotándolos de nuevos matices. Fincher demuestra ser un genio y ser capaz de coger cualquier historia para ofrecernos, como siempre, una mirada a la descomposición de las relaciones humanas y el evidente resultado que se genera: como Summerset en Seven, como Graysmith en Zodiac, como Zuckenberg en The Social Network, Nick Dunne acaba solo. Es el destino inexorable del ser humano. 

Nota: 18/20

domingo, 2 de marzo de 2014

Rumbo al Oscar 2014: Dallas Buyers Club

"Dallas Buyers Club" narra la historia real de Ron Woodroof (Matthew McCounaghey), un texano homofóbico y adicto que en los años ochenta le fue diagnosticado sida y se dedicó a traficar con medicamentos no autorizados que mejoraban las condiciones de los enfermos de sida ante la inoperancia del sistema legal. La película está dirigida por Jean-Marc Valleè y goza de una crudeza durísima. Y decimos goza porque la película se construye en base al sufrimiento de los personajes. Estamos frente a un puñado de personas que toman decisiones más que discutibles, pero nunca dejamos de sentir el dolor físico y mental que les genera esta terrible enfermedad que es el sida.

Obviamente cuando se trata el tema del sida estamos ante películas de gran dureza. Pero no es fácil romperse en el escenario y conmocionar. Y  mucho más difícil es dosificar esas escenas con humor y con frescura. Más allá del guión, el mérito de componer personajes tan tridimensionales es de sus actores y de dos de las mejores actuaciones del año. La resurrección de Matthew McCouneghey es sensacional, destruyendo su ser en casi dos horas de películas. Y no sólo a nivel físico, bajando casi veinte kilos para su papel, sino que mentalmente el tipo se destruye. Ya no es el tío pijo de comedietas románticas, sino que ahora con Woodroof (y True Detective, Mud y Killer Joe), el buen Matthew se ha reinventado. 

McCounaghey sufre en escena, desgarrándose poco a poco. Pero entre él y el guión hacen que el personaje de Woodroof nunca pase de ser "malo" a "bueno". Siempre sigue siendo el mismo red-neck racista y homofóbico que conocemos en el primer minuto. Pero poco a poco va ganando capas y va cambiando su sentido de orientación. Así, Ron se mantiene como un vividor, pero siempre teniendo en mente que lo que hace ayuda a la gente. Y gente que en su mayoría no es como él. Esa es la riqueza de un personaje como el de Ron Woodroof, que supera al de la realidad y se transforma en una inspiración, a la vez que es un tipo que rompe las normas y, como le dice un agente federal en la película, un "simple narcotraficante".

En ese sentido, la película guarda muchos paralelos con la serie televisiva "Breaking Bad": hombre desahuciado que encuentra un nuevo rumbo a su vida en una actividad ilícita relacionada con las drogas. Pero a diferencia del Heinsenberg de Bryan Cranston, el Woodroof de McCounaghey mantiene los grises hasta el final y no termina por villanizarse, sino que incluso gana humanidad conforme se deteriora y ve que va perdiendo la batalla. Porque la batalla verdadera que "Dallas Buyers Club" retrata no es tanto la lucha corporal contra el sida, sino la lucha institucional contra el sistema. 

El sistema es el gran enemigo de la película: Woodroof tiene que traer medicamentos no autorizados desde México porque el sistema oficial otorga medicamentos que no mejoran, sino que empeoran las condiciones de los enfermos y, además, realiza pruebas de conejillo de indias con placebos. Woodroof empieza a luchar por una preocupación totalmente egoísta: su propia salud. Luego ve una oportunidad de negocios y abre el famoso Club de Compradores de Dallas. Pero finalmente, sin caer en la condescendencia o la pena, se da cuenta que tiene una responsabilidad por ayudar a la gente que recurre a él como una especia de salvador. Por ello es que vemos ron sudar, renegar y lamentarse por el teléfono, e incluso viajar hasta Japón por las medicinas. Claro, lo hace porque quiere salvarse, pero también porque siente una gran responsabilidad.


Dicha evolución no estaría completa sino observáramos su relación con Rayon (Jared Leto), un transexual que se convierte en su mano derecha en el club. Lo que hace Leto en este film es sensacional, ya que compone un personaje complejo, convirtiéndose en algo más que el comic relief de la película. Rayon trata de mantener la dignidad hasta el final y busca siempre conservar la imagen de belleza que admiraba. Hasta el encuentro con su padre en el que sencillamente Leto se derrumba. De allí en adelante es un tour de force de Rayon y la compra de boletos de Leto por obtener el Oscar a Mejor Actor de Reparto. Particularmente desgarradora es la escena en la que Rayon admite que no quiere morir. Esa es la consagración del actual frontman de "30 seconds to Mars".

Pero así como destacan McCounaghey y Leto, Jennifer Garner compone un personaje débil, previsible y absolutamente plano, como el típico personaje que al principio está del lado del sistema y termina por pasarse al bando de los "antihéroes". Esta y la falta de desarrollo de los hombres del "bando oficial" (el agente de la "Food and Drug Administration" y el Doctor del hospital) son tal vez las únicas críticas a una película muy buena. La lucha de un hombre por sobrevivir, pero la lucha de un alma rebelde por hacer lo que quiere ayudando a los demás. En ese sentido, es un mensaje absolutamente libertario el que transmite la película: cada persona tiene la posibilidad de elegir sus mecanismos de salud. Este mensaje que podría calificarse como "político" llega al espectador sin ser una película política, sino más bien una muy humana, que cala hondo. Y ese es el gran mérito de Vallè y sus actores.


Nota: 18/20