martes, 12 de febrero de 2013

Rumbo al Oscar 2013: Django Unchained

“Django Desencadenado” es última película de Quentin Tarantino, aquel maniático cineasta que hace del reciclaje fílmico un verdadero arte. En esta ocasión, toma mayormente del género “Spaghetti western” para contarnos su última invención. La película cuenta la historia de un impensado dúo, formado por King Schultz, un dentista alemán convertido en cazarrecompensas (Christoph Waltz) y Django “Freeman”, un esclavo negro recién liberado con una cuenta pendiente (Jamie Foxx). Ambos tendrán dos misiones: dar caza a los sanguinarios hermanos Brittle, y posteriormente ir al rescate de la esposa de Django, Broomilda (Kerry Washington), la cual ha sido comprada por el francófilo terrateniente Calvin Candie (Leonardo DiCaprio).

Una primera diferencia con su anterior película, “Bastardos sin gloria”, es que en esta cinta la acción dramática está más clara, lo que ayuda al desarrollo de la película. El buen Django debe entrenarse, para lo cual se embarca en una aventura sanguinaria junto con  Schultz, para adquirir habilidades que le permitan rescatar a su amada esposa del empresario que la tiene capturada. Por ello es que nos comprometemos con los protagonistas y queremos ver cómo despliegan sus habilidades para lograr su cometido. Es así que la cinta está divida en tres grandes partes: el entrenamiento, en el cual Django y Schultz buscan a los Brittle; el plan, que es la charada que monta la pareja protagonista para engañar a Candie y rescatar a Broomilda; y la venganza, que es cuando Django regresa a cobrar su venganza. La extensión de la película (165 minutos) no se siente, y Tarantino tiene la maestría para entretenernos en cada una de estas etapas del crecimiento de Django. Su guión vuelve a ser el punto fuerte de sus películas, con la mezcla perfecta entre violencia, humor, parodia, refrito y las “tarantineadas” que nos tiene acostumbrados. 
 


Justamente sobre el protagonista de la película se ha dicho mucho: que es un personaje plano, que Jaime Foxx luce muy apagado, que los otros personajes se lo “comen” cada vez que aparece en escena, etc. Todo ello no deja de ser verdad, pero es precisamente lo que buscaba Tarantino. En el “Spaghetti western”, el protagonista es un hombre parco, sin gusto por la ley peor con su propio código moral, y que mira y se contiene antes de hablar y expresar lo que siente. Por ello es que el Django de Foxx sucumbe ante personajes más locuaces o atrayentes como Schultz, Candie e incluso el pérfido sirviente Stephen (Samuel L. Jackson). Es un personaje que por su propia naturaleza (esclavo iletrado que solo piensa en rescatar a su esposa y vengarse, mas no en dar argumentos de sus acciones) debe ser así. Y Foxx demuestra cómo un actor debe estar al servicio de su personaje.

Los otros actores simplemente se divierten con sus personajes “Made in Tarantinolandia”. Christoph Waltz lo vuelve a hacer, construyendo un personaje que es carisma pura y que se gana al espectador desde la primera escena. Con el mismo magnetismo que su anterior personaje tarantiniano, el Coronel Hans Landa de “Malditos Bastardos”, esta vez Waltz pone sus habilidades al servicio de una misión loable y no malvada. Waltz es uno de los actores que mejor utilizan su voz actualmente y se convierte en hijo predilecto de Tarantino, que sabe explotar el talento de un actor para darle diversos roles en sus películas. Waltz sería un muy justo ganador al Premio Oscar de Mejor Actor de Reparto al que está nominado.
 

Las grandes sorpresas del film vienen por el lado de los villanos. Leonardo DiCaprio cambia de registro y construye un perfecto malvado majadero y engreído que sin saber cómo es dueño de todo un imperio. El personaje es un niño grande sádico con el cual DiCaprio se divierte y que hace que el espectador se pegue a la pantalla para ver más de su malvado accionar. Además, DiCaprio lidera con una atracción diabólica la escena del film, que es la cena, con cráneo y pastel blanco incluidos, en la que los personajes se ocultan sus reales intenciones. Y su complemento perfecto es su sirviente/mano derecha/padre postizo, Stephen, traidor por ser más racista que los blancos y encantador porque no deja de ser un viejito decrépito. Samuel L. Jackson nos brinda un personaje enorme, dotando de tics y particularidades a este personaje, pero sin dejar de lado sus famosos manierismos que son ya marca registrada cuando lo dirige Tarantino (básicamente, motherfucker y nigger). Que el Oscar se haya olvidado de DiCaprio y Jackson es un absoluto crimen, y ambos pasan a la categoría de “grandes villanos de Tarantino”, o lo que es igual, “grandes villanos del cine de los últimos años”. 

Otra omisión del Oscar, aunque esta menos grave (debido a que también dejó de lado las labores de Ben Affleck y Katheryn Bigelow), es la dirección de Tarantino, quine parecer ser reconocido solo por lo que escribe, sin considerarse que detrás de la cámara nadie lo detiene. La forma de dirigir acción de Tarantino es brutal y precisa. Escenas como la ya famosa “Django vs todo el mundo” en la mansión Candie grafican la visceralidad y la crudeza con la que Tarantino relata sus historias. Además, el buen Quentin siempre apuesta por una dirección dinámica que es el complemento perfecto a un guión desenfadado y actores entregados. Ese es el triunvirato perfecto que sostiene el cine que Tarantino está acostumbrado a darnos.  


Tal vez la única crítica a la película sea el desarrollo “anticlimático” del último acto, la venganza de Django. Luego del tiroteo de Django versus todos los hombres de Candie, Django es torturado y entregado a unos mineros, de los cuales se libera (cameo de Tarantino incluido) y vuelve a “Candyland” a buscar venganza. Es cierto que el tiroteo mencionado podría funcionar como cierre perfecto, pero el último acto mencionado se hace necesario para ver como Django empela todo lo aprendido del entrenamiento con Schultz para lograr su cometido: rescatar a su esposa y vengarse. Es además una forma de homenajear a Schultz, incluyendo la despedida de Django al cuerpo inerte del dentista alemán (un momento tan emocionante como cuando encuentra a su esposa) y un flashback de su entrenamiento en el invierno. La bajada de ritmo es obvia, pero hasta cierto punto necesaria. Y es la forma como gráficamente se nos revela que el gran malo no era el Candie de DICaprio, sino el Stephen de Jackson.

Tarantino lo ha hecho de nuevo. Hay gente que no le gusta. A mí sí. Un film dinámico, divertido, lleno de acción, y a la vez lleno de matices profundidad, personajes complejos, actuaciones memorables, una dirección estupenda y un guión fascinante. El cine de Tarantino puede jactarse de tener de todo, no solo por ser un reciclador de géneros y escenas (Tarantino no deja ser una licuadora cinematográfica, pero una con su propio sello personal), sino por desprender todas aquellas emociones que nos hacen ir al cine: odio, alegría, venganza, frustración, amor, deseo, decepción. Al fin y al cabo, qué más se puede pedir a una película que tiene dos de las mejores escenas del año, y que a la vez son escenas tan disímiles: de la acción pura que es el tiroteo de Django contra el mundo, pasando por la tensión pura y dura que es la cena en la mansión Candie que antecede dicho tiroteo (que es la escena de la película) hasta la graciosísima (por vergüenza ajena) escena de los pseudo Ku Klux Klan y sus capuchas. Será que yo estoy dentro del bando de los “Tarantino boys”, pero está película es la mezcla perfecta y, aunque es imposible que se lleve el Oscar a Mejor Película (porque Tarantino siempre es muy Tarantino), sería una más que justa ganadora.


Nota: 19/20

domingo, 10 de febrero de 2013

Rumbo al Oscar 2013: Beasts of the Southern Wild

“Bestias del Sur Salvaje” (en adelante Bestias) es la ópera prima del joven cineasta neoyorkino Benh Zeitlin, la gran sorpresa del Oscar al estar nominado a mejor director por sobre nombres más consolidados en la industria como Katheryn Bigelow, Quentin Tarantino, Paul Thomas Anderson, o el favorito de todos, Ben Affleck. “Bestias” es la película representante del cine independiente en la edición 2013 de los premios de la Academia y, aunque sus chances son muy limitadas de conseguir algún premio, ya puede darse por satisfecha con sus 4 nominaciones al Oscar y ser considerada la niña mimada de la temporada. 

“Bestias” narra la historia de Husspuppy (Quvenzhané Wallis), una pequeña niña que trata de sobrevivir a la pobreza de la zona en la que vive, un pueblo apartado de la ciudad de Louisiana conocido como “La Bañera”. Junto con su padre Wink (Dwight Henry), Hushpuppy afronta la furia de una tormenta a la cual deberá sobrevivir junto con los demás habitantes de su pueblo. En la película pasan otras cosas, como la búsqueda de la madre de la protagonista o el mágico encuentro con las bestias mitad jabalí mitad toro, pero un siente que son una consecución de viñetas que se pueden resumir como “las maravillosas aventuras de Hushpuppy” y que no llegan a  consolidar una unidad narrativa sólida. 


No apreciamos una acción narrativa fuerte en la que se vea inmersa la protagonista. Básicamente conocemos a la niña, vemos que es pobre, llega la tormenta, descubrimos que su relación con su padre es complicada, sobreviven a la tormenta, cazan langostinos y cangrejos, los captura el gobierno, llega a un prostíbulo y así hasta que acaba el film. Si bien la protagonista atraviesa por muchas situaciones, nunca hay un objetivo que mueva la película salvo por el mero hecho de sobrevivir. Y eso no es suficiente. Meramente sobrevivir a un apocalipsis no puede ser la única acción narrativa que impulse al personaje. De lo contraria, sucede el fenómeno de esta película: los personajes deambulan sin mayor aspiración. El momento en que los “rescata” el Estado y ellos insisten en no abandonar sus tierras pudo haber desencadenado un enfrentamiento interesante que ofrezca motivaciones sólidas a los personajes, pero el guión no aprovecha este momento y prefiere nuevamente llevar a su protagonista, y por ende al espectador, a otra “mágica aventura”.

Justamente esta debilidad del guión hace que caigamos nuevamente en una de las principales fallas de las películas en estos tiempos: ser pretenciosa. Zeitlin rellena el metraje de imágenes bellas e intensas, con una fotografía muy buena acompañada de una inmejorable banda sonora (los dos mejores aspectos de la película), pero sin ofrecer contenido a la historia de Hushpuppy ni recorrido al accionar de los otros protagonistas. Simplemente nos encontramos con viñetas preciosistas que puestas de manera consecutiva pretenden transformarse en una película. Y no lo hacen. El cineasta olvida que antes de una consecución de imágenes preciosas y bien filmadas es el guión la piedra sobre la cual debe sostenerse la ficción. El “Síndrome Mallick” parece, lamentablemente, apoderarse de las jóvenes mentes del séptimo arte.

 

Sobre las tan comentadas actuaciones, lo de Quvenzhané Wallis es bueno, pero tampoco para decir que es la futura estrella del cine estadounidense. Su actuación está llena de energía y un vigor admirable, pero al carecer de ciertas motivaciones por fallos de guión (no de actriz), hay veces en las que simplemente no entendemos a Husspuppy. O simplemente no nos interesa lo que hace o dice. O simplemente nos cae un poco pesada. En ese sentido, hay un paralelo entre la Hushpuppy de Wallis y la Maya de Jessica Chastain en “Zero Dark thirty”, ambos personajes a “media máquina”, no por culpa de las buenas actrices que las interpretan, sino por fallas de guiones con mucho vacíos y, sobre todo en el caso de Hushpuppy, situaciones desaprovechadas. Sobre la actuación de Dwight Henry, panadero sin experiencia previa en la actuación, la suya es una peformance más que correcta y ofrece un retrato desgarrador como el padre de nuestra protagonista.   

“Bestias” es una película que cautiva conforme uno se compenetre con la protagonista absoluta de la cinta. Pero ese compromiso viene con truco, ya que es fácil compenetrarse con una niñita que trata de combatir a la pobreza, a su alcohólico padre, y a una tormenta de proporciones bíblicas. Pero el guión de la cinta no sabe sacar petróleo de esta premisa y Benh Zeitlin se limita a grabar imágenes agradables al ojo del buen cinemero, pero que carecen de un vacío absoluto. Creemos que son las palabras y los diálogos los que oxigenan una cinta. Una imagen bella es impactante. Una segunda imagen es agradable. Pero ver una serie de imágenes son mayor motivación narrativa debilita las chances de que una película deje una buena sensación en el cinemero. Por ello me quedó la sensación que, por corta que sea “Bestias”, le sobraron varios minutos, sobre todo la parte intermedia del metraje. Hay espectadores que pueden ser del gusto de este cine “de imágenes” y tener en un altar al “Árbol de la Vida” (Mallick, 2011). Yo, sin un argumento sólido, me quedo dormido.

 

Nota: 12/20